Sinsabores infantiles


Supongo que todos los niños del mundo mundial tienen sus guerras particulares con determinadas verduras y hortalizas que luego con el tiempo pasan a formar parte de su dieta habitual sin demasiadas secuelas emocionales.

En mi caso, estos enemigos eran, por orden de importancia: guisantes, pimientos, cebollas, calabacines y berenjenas. Cualquier plato que contuviera alguno de estos elementos en cualquier versión: fritos, guisados o crudos; era un suplicio para mí. Ahí estaba yo haciendo los típicos escarbaderos en la comida para evitar que mis papilas gustativas, que entonces no sabía que se llamaban así, entraran en contacto con semejante inmundicia. Sobre todo en Los Hogares, cuando nos ponían aquellos guisos de garbanzos, judías o lentejas en los que nadaban impúdicamente los trozos de cebolla y pimiento. Mi plato se veía siempre decorado en sus bordes con los trozos mas o menos grandes de estos vegetales y, claro, no podía ser de otra forma, tanto cuidadoras como monjas, estaban prestas a obligarme a que mezclara todo bien en la cuchara y me lo comiera, con el único y nada original argumento de: “Eso lo mezclas todo y ni te enteras”. Por supuesto que es el mismo argumento que utilizan las madres, pero con las madres tenemos otros recursos ¿o no?. Probablemente la intención de monjas y cuidadoras no era otra que la de educarnos el paladar a todos los sabores, pero ¿qué quieren? a mí me parecía que eran ganas de torturar, y recordando a algunas de ellas, me sigue pareciendo lo mismo.

Con los años, he de reconocer que me he reconciliado con casi todos estos alimentos. Primero fue la cebolla; empecé a comerla cruda en ensaladas y resultó que estaba buena, luego también la empecé a comer frita, en aros o caramelizada acompañando carnes y verduras, eso sí, sigo sin poderla comer en los guisos de legumbres. Mas tarde, los calabacines y berenjenas empecé a comerlos también sin ningún tipo de problemas y por último los pimientos. Con los pimientos he tenido una guerra muy particular. En mi casa, tanto mi madre como mi tía Leo y mi tío Manolo, tenían una cena favorita: Huevos fritos con pimientos fritos. La casa se inundaba con el agradable olor de los pimientos y luego viendo con las ganas que mi gente se los comía, me parecía una estupidez que no me gustaran y en mas de una ocasión cogí del plato de mi madre un trozo de pimiento con la intención de vencer mi asco, pero no había forma, en cuanto sentía la textura en mi boca me producía unas arcadas que incluso me impedían cenar esa noche. Sin embargo, no hace mas de siete u ocho años, es decir con los cuarenta ya cumplidos y a medio gastar, no recuerdo como, empecé a comer pimientos en todas las formas posibles (excepción hecha siempre de guisado con legumbres) y además con auténtico gusto, de hecho hoy día, unos buenos pimientos asados o bien fritos, me parecen uno de los manjares mas sencillos y mas gustosos de comer.

Sin embargo, he mantenido un enemigo intacto, supongo que por necesidad. Uno tiene que tener algo o alguien contra quien dirigir la inquina que de vez en cuando le atenaza, y en el plano culinario o gastronómico, mi enemigo irreconciliable es: el guisante.

Cuando niño, sucumbí muchas veces a las amenazas de mis mayores y comí todo aquello que me desagradaba, para evitar castigos físicos o de otra índole, pero tengo a gala proclamar que ninguna amenaza consiguió nunca que comiera guisantes. No tengo ni puñetera idea de a que saben, ni falta que me importa. Sólo se que me repugnan desde que tengo uso de razón y aún mucho antes según las historias familiares y pienso seguir alimentando esa inquina por los siglos de los siglos.

¡Sólo me faltaba que un día los probara y me gustasen!

One response to this post.

  1. Posted by Carolina on 22 marzo, 2009 at 16:47

    Estoy en plena lucha dominguil contra los sin sabores, curiosamente hoy va de filetes de cerdo en salsa de cebolla. Resulta un poco deprimente saber que hay o hubo niños que sucumben, el caso que a mí me ocupa resiste sin piedad a todos los argumentos que uso. Es una lástima, pocas cosas están tan ricas como un buen plato de albejas con huevo duro, sus trocitos de cebolla y pimiento y papa fritos. Ver como una persona tan "nueva" se priva a si misma de la libertad de probar, es lo más frustrante del mundo. Este comentario parte de una ignorantona que todo lo prueba a ver de que va. Me han gustado muchas de las entradas que he leído. Me reí y entendí detalles, que sensación más chula cuando alguien enciende una bombilla. Bueno a ver si cuentas la segunda anécdota china, todo genial.

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