Ni a punta de navaja


 

Ni a punta de navaja te concedo
el triste beneficio de la duda.
No quiero que te puedas comer cruda
la pura fantasía que me dio el cielo. 
 
Alguna vez hubo – tiempo perdido –
que gusté disfrutar de tus acíbares,
quizás en vano, rime con almíbares,
y buscando uno, el otro me ha vendido. 
 
En cambio, te daré sin que lo pidas,
que es la forma mortal de los regalos,
la facultad que un dios concedió a Midas. 
 
Que consigas trocar, sólo que en palos,
en lugar de buen oro, lo que digas
cuando hables de mí, aun con halagos.

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