Una visita al Café Gijón


Cuando llegúe al Café Gijón, estaba vacío. Bueno, en realidad, parecía vacío. Luego, me fijé mejor y pude ver a César González-Ruano escribiendo en una mesa al fondo, me acerqué con miedo de resultar impertinente, pero no pareció darse cuenta. Miré por encima de su hombro y pude leer lo que escribía:

Alguien, cuando pase el tiempo,
y encuentre mi calavera
el tiro que no me he dado
buscará en la sien entera.
Y en las cuencas de mis ojos
querrá adivinar tal vez
lo que ví.. cuando veía
y que nunca miré…

De pronto se levantó, arrojó la jarra de agua que estaba encima de la mesa junto con el vaso y se marchó gritando aunque no pude entender lo que gritaba.

En otra mesa un poco más alejado estaba Cela, también escribía. Me animé y me senté a su mesa. Me miró y sin darse por enterado de mi presencia siguió escribiendo. En esta ocasión tuve que leer al revés:

“… El escritor mira para sus libros y piensa: ¿Todos los libros que tiene le sirven, realmente, para algo? Hay libros que hay que guardar siempre porque sirven durante toda la vida. Hay, por el contrario, libros que basta con leer una sola vez. ¿Por qué no separar los libros que sirven siempre de los libros que no sirven nunca y de los libros que no valen más que para una ocasión y esta ocasión ya pasó?

El escritor, un tanto temeroso, va dejando que la idea de que en la historia del mundo no se han producido más que dos mil libros importantes tome cuerpo en su imaginación. El escritor, según su cálculo aproximado, deberá…”

Levanté la vista de los folios y miré de nuevo a Cela, pero ya no era Cela, en su lugar estaba sentado un joven Fernando Fernán Gómez que se dirigió a mí diciendo:

  • Joven, ¿que le parece instituir un Premio de Novela Corta Café Gijón? Se dotaría con mil quinientas pesetas y la edición de la obra ganadora.

Fui a contestarle que me parecía muy buena idea y que le estaba muy agradecido por haber solicitado mi humilde opinión, pero de repente ya no estaba allí, me encontraba yo sólo en la mesa.

Alfonso, el cerillero, estaba sentado en su puesto y me miraba de manera socarrona. Me dirigí a él para pedirle un décimo de lotería, pero se negó a vendérmelo.

  • Lo siento amigo, no puedo vendérselo. Nunca he dado un premio en mi vida y usted tiene toda la pinta de ganar el Gordo. No quiero perder una reputación que me costó toda una vida labrarme.

Me senté a la mesa donde me esperaban mi mujer y mis amigos.

  • ¿Qué hacías de mesa en mesa y hablando sólo? Me preguntó mi mujer.
  • Nada cariño, saludando a unos viejos amigos.
  • Pero si no hay nadie.
  • Ya, ya lo sé.

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