Se acabaron los cafelitos


El actual ministro de Industria y futuro ex ministro del mismo ramo, Miguel Sebastián, mi esmerada educación casi me lleva a ponerle el don. Alguien dirá que la dignidad del cargo merece el don. No opino igual. La dignidad no la da el cargo sino la persona. Por muy empingorotado que sea el cargo, de rey hacia abajo, han sido infinitas las personas indignas que han detentado (del verbo detentar) o desempeñado cargos, y desde el más humilde recogedor de basuras hacia arriba, también son infinitas las personas dignas, dignísimas que han revestido de dignidad cualquier desempeño profesional o social. Y como me pasa muy a menudo, me he desviado de lo que quería decir.

Comienzo de nuevo. A Miguel Sebastián, ministro de Industria, se le podría definir como caradura, frívolo, irresponsable, poco hábil, incluso inútil y algún que otro calificativo más del mismo o peor tenor. Vaya por delante, por si pudiera ser constitutivo de delito, que todos los calificativos han sido vertidos con ánimo definitorio, quizás también definitivo, pero jamás con ánimo injurioso, tampoco con ánimo de echarnos unas risas. Ya sé que esto se puede decir en latín y queda muy bonito, pero como igual hay jueces que ni han olido el latín, queda dicho en román paladino, para evitar equívocos.

Al susodicho se le ha ocurrido la graciosa idea, lo de graciosa para él, que tiene la gracia donde las avispas, de resumir la subida de la luz que acaba de aprobar su gobierno, que cada vez es menos el nuestro, en que suponía un cafelito por cada miembro de la familia. Hubiera estado muy bien (modo ironía encendido, por si acaso), si a continuación, nos hubiera valorado en cafelitos otras putadas (cabronadas tampoco me parece muy fuerte) aprobadas por su mismo gobierno.

Por ejemplo: Bajada de sueldo a los funcionarios (300 cafelitos); congelación de las pensiones (60 cafelitos); retirada del cheque bebé (2.500 cafelitos); cancelación de la ayuda a los parados de larga duración (426 cafelitos); Dos años más de trabajo para jubilarte con menos dinero (retirada del café de por vida). Y puedo parar aquí, o puedo parar en Finisterre, que la lista de cabronadas (definitivamente lo de putadas me parece naif) es, si no infinita, si bastante interminable (ya sé que no está muy bien construida la frase, pero seguro que se me entiende).

El más que calificable,  a la par que incalificable, en la segunda acepción del adjetivo, ministro, no le preocupa ni mucho ni poco el número de cafelitos que nos dejaremos de tomar, ni si la industria del café (que debe caer en su negociado) se va a la mierda o no. Porque en su condición de ministro, tiene asegurados los cafés, las copas y los puros. Y lo que aun es peor, en su futura condición de ex ministro, los seguirá teniendo asegurados, de la mejor calidad.

¡Hay que tener poca vergüenza!

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