Winnethou


Los niños de mi época solíamos jugar a policías y ladrones y a indios y vaqueros, como los de todas la generaciones, supongo, desde que existieron las leyendas del Lejano Oeste, o por lo menos las hoy injustamente olvidadas novelas de Zane Grey y las más justamente olvidadas del alemán Karl May, el autor favorito de Hitler (al parecer atesoraba la colección completa de las aventuras del blanco Old Shatterand y el piel roja Winnetou).

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De mis lecturas juveniles, sin ninguna duda, las preferidas eran las aventuras de este gran caudillo apache y su hermano blanco “Old Shaterand”.

El escritor alemán Karl May, fue el creador de estas aventuras. Con una recreación minuciosa e increíble de las praderas, los desiertos, los bosques, las sabanas y en definitiva todo el territorio del salvaje oeste. Luego supe que este buen hombre no salió nunca de su Alemania natal, pero eso no le resta un ápice de verosimilitud a sus descripciones.

Por supuesto, sus personajes no le van a la zaga en cuanto a interés. Me vienen ahora a la memoria: Old Death, atormentado por su pasado; Sansear simpático aventurero sin orejas; Old Firehand, aventurero y empresario, creó toda una industria de caza y venta de pieles; e incluso el malvado Santer, enemigo encarnizado de Winnethou y Old Shaterand.

Probablemente, uno de los momentos más amargos que me ha deparado la lectura, ha sido la muerte del valiente Winnethou. En mis relecturas de los dos tomos que, editados por el Círculo de Lectores, recogían estas aventuras, durante mucho tiempo me estuve saltando el capítulo de la muerte del apache, porque una y otra vez se me saltaban las lágrimas y, a ver como explicas, con dieciséis o diecisiete años, que estás llorando porque han matado a un indio.

La complicidad existente entre el caudillo apache y el aventurero alemán, verdadero canto a la amistad, la bondad y valentía de ambos, la complejidad de los personajes que coprotagonizaban cada episodio, con sus luces y sus sombras, aunque al final siempre prevalecían las luces, hacían de estas lecturas una auténtica gozada. Y la recuperación, treinta años después, de los dos tomos antes mencionados, uno de los momentos más emocionantes de mi larga trayectoria como comprador de libros usados.

Aunque ya no estemos en edad juvenil, recomiendo vivamente la lectura de estos relatos.

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