A Juanita Merino, in memoriam


No es tu cumpleaños, ni tu santo, ni el aniversario de tu muerte. Tampoco es que de repente hoy te haya recordado, porque lo cierto es que, si no todos los días, uno si y otro también, te recuerdo. Pero igual de cierto es, que después de trece años y algunos meses, hoy por primera vez te escribo. Tampoco en esto hay nada especial, ya en el colegio siempre te quejabas de que te escribía muy poco, apenas nada. Y además, ya estoy con mis trampas de siempre, no te escribo a ti, me escribo a mí mismo con tu pretexto. Como ves, tampoco he cambiado mucho en este tiempo.

Lo cierto es que sin saber como ni porqué, me he encontrado dándole vueltas en la cabeza a aquel trece de diciembre. Ya llevabas nueve días ingresada y casi los mismos sedada. Aquella habitación de “El Sabinal” empezaba a sernos más cotidiana que nuestra propia casa. Esa tarde cuando empezaron a llegar las visitas yo me sentí mal, muy mal. Me dio uno de mis frecuentes ataques de misantropía y me fui a caminar solo por los alrededores del hospital. Después de un buen rato caminando, me senté en uno de los bancos de piedra que encontré en una zona solitaria y me dediqué a leer un rato. Mas tarde, cuando regresé al bullicio de la habitación, me preguntó “Georgie” que qué me pasaba, le dije que nada, sólo que creía que hoy se terminaba todo, que hoy era el día. Me dijo algo como que bueno, que era mejor así, que dejarías de sufrir, en fin, esos tópicos que siempre utilizamos para intentar mitigar el dolor, que no suelen servir para nada, pero a los cuales somos incapaces de sustraernos. Por la noche sólo quedamos “Ángela”, “Mari Carmen” y yo. Nos pusimos a recordar anécdotas tuyas y nos dimos una buena “panzá” de reir. Ninguno de los tres queríamos dejar la habitación, de alguna forma, éramos conscientes de que no pasaría de esa noche. Las mujeres me insistieron para que fuera a la máquina a por café, me hice de rogar bastante, pero a último no me quedó mas remedio que claudicar. Llegué hasta la máquina y cuando había sacado los encargos oí a alguien llamarme, saltaron por los aires los vasos y me di la carrera mas inútil de mi vida. Ya habías muerto. Sin eufemismos, no te fuiste, no nos abandonaste, no pasaste a mejor vida, simplemente habías muerto. Luego vendría el ponernos transcendentes, que si no quisiste morir conmigo en la habitación, que si estabas esperando a que yo saliera. No creo que se pueda elegir el momento de la propia muerte, a excepción hecha del suicidio, claro está, pero así sucedió. Si fue “motu proprio” o azar, sólo tú lo sabes.

Un beso Juanita.

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Esta entrada la escribí en febrero de 2007 para colgar en la web de Antiguos Alumnos de Los Hogares Hernán Cortés (hay un enlace en el apartado de Blogs amigos). Estos días me he acordado de que existía este escrito pero que no lo tenía guardado bajo mi custodia y me ha parecido prudente rescatarlo, por lo que pudiera ocurrir. Y una vez recuperado, tampoco me ha parecido mal colgarlo aquí, aunque hoy no sea ni su santo, ni su cumpleaños, ni el aniversario de su muerte. O por ello precisamente.

2 responses to this post.

  1. Posted by Ana on 29 abril, 2011 at 9:46

    Amigo Miguel,
    Me ha gustado tu historia, pero se me ha hecho un nudo en la garganta…
    Y me han caído algunas lágrimas.

    No, no tuve la suerte ni el placer de conocer a Juanita, esa Sra. Que por otros comentarios tuyos, debió de ser una gran persona y madre, pero es que tu historia me ha recordado tanto a la de Isabel…

    No se si mi hermana eligió morir cogida de mi mano o no, pero tuve la gran suerte de que así fuera aunque me queda la duda de si se enteró , pues al igual que Juanita, estaba sedada.

    Con mi madre, no tuve tanta suerte, pues sabes que murió en Barcelona dónde resido, cuando fui a encontrarme con mis amigos (algunos tuyos también), después de treintaitantos años sin verlos. Me cogió en Badajoz en mitad de la comida; tu me llamaste todo contento para ver que tal se había desarrollado el encuentro y te dije que íbamos camino de Barcelona. No creo que mi madre decidiera morir sin estar conmigo, estoy convencida.

    Te copio y pego el primer poema que le dediqué a Isabel. A este le siguen otros.
    Un beso fuerte querido amigo.

    Vino y se te llevó la muerte un día,
    El nueve de Diciembre ya ha hecho un año,
    Más no pudo llevarse los recuerdos
    Que de nuestra niñez en mi alma guardo.

    Se te llevó cogida de mi mano
    Y noté que por dentro me rompía,
    Mas en el fondo a Dios di gracias
    Porque noté Isabel que no sufrías.

    Me consta que has pasado a mejor vida,
    Que nos cuidas a todos los que quieres
    Y aunque marchaste presiento que estás cerca,
    Porque un ángel hermana, nunca muere…

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  2. Querida Ana: gracias por compartir esos nudos en la garganta. Claro que me acuerdo del día que falleció tu madre y del planchazo que me llevé al llamarte.
    Un besazo.

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