Don José, don Félix y el vaso de güisqui


Don José, según recuerdo, vestía siempre de terno marrón o negro, con sombrero flexible de fieltro. Caminaba calle Cebrián abajo, con parsimonia. A esa hora, el destino, tanto el viajero como el filosófico, era siempre el mismo y por lo tanto, no había necesidad ni de apresuramiento, ni de duda. Al llegar a la altura de la calle Pedro de Vera, giraba inexorablemente a la izquierda y entraba en el bochinche de don Félix, anejo a la tienda de víveres. No se debe confundir con la otra tienda de víveres del otro don Félix, situada en la esquina de enfrente, pero con la entrada por Cebrián y sin bochinche anejo.

En  la fecha a la que me refiero, don José debía tener entre setenta y ochenta años, en mis recuerdos de entonces, más cerca de los ochenta, aunque reconozco que nunca he sido buen cubero para las edades y por razones obvias, cuanto más joven es uno, más viejos ve a los demás y a la sazón yo tenía unos insultantes e irrecuperables, bien lo sé, dieciséis años.

Pues como contaba, don José se metía en el bochinche de don Félix, donde, también habitualmente, a esa hora (entre 9:30 y 10:00) desayunábamos mi “hermano” Paco y yo, el consabido bocadillo de mortadela de lata o de queso de plato, con vaso de Cliper de fresa “pa erutar”. Don José llegaba, se descubría y casi sin mediar palabras, don Félix, o su homónimo hijo, colocaba, en el mármol del mostrador, delante de don José, un vaso de los que llamamos de obrero, que llenaba, hasta un dedo antes del borde, con güisqui Haig, dejando, a su lado, una botella de agua firgas con gas, en realidad, en aquella época, sólo había agua firgas con gas, y si no recuerdo mal, existía una botella azul que se llamaba “Filgás” que era casi como la gaseosa. Bueno, pues con esa botella de agua firgas, don José completaba, ritualmente, el llenado del vaso, es decir, añadía algo menos de un dedo de agua al casi cuarto de litro de güisqui, y se lo bebía de una sentada, chasqueando con fruición la lengua al terminar. Dejaba el importe de la consumición, in hilo tempore, los precios permanecían inmutables el tiempo suficiente para que los aprendiéramos de memoria, y calándose el sombrero, emitía un lacónico y apenas perceptible buen día, dispuesto a deshacer el camino que lo había llevado hasta allí.

Debo añadir, porque así me lo dicta la memoria, que don José respiraba de manera agitada y sonora, como consecuencia, sin duda, de alguna enfermedad pulmonar, lo cual, como es evidente, no le impedía, en absoluto, hacer ese alarde de bebedor.

Hoy día, ya no existen ni don José, ni don Félix, pero han vuelto a vivir, siquiera en estas páginas, por mor de mis recuerdos.

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