Nos dejaron el muerto (Conversando una botella)


  – Buenos días Luis. Aquí estoy de nuevo para conversar una botella. – Se acercó Juan el Gamba al banco donde Luis el pordiosero descansaba.

– Bu buenos di días, e es esto, ¿co cómo se se llama llamaba u usted? – Contestó nervioso Luis.

– Tranquilo Luis. No vengo a hablarte de tu vida anterior, ni de que te vengas conmigo a casa. Sólo quiero conversar esta botella de vino de la Tierra de Barros que me traje de mi último viaje por Badajoz. Además, como te prometí la otra vez, lo acompañaremos con esta bandejita surtida de ibéricos, traída del mismo sitio. – Le informó Juan mientras se sentaba a su lado.

– Buenos días Juan. – Saludó ya sin tartamudeo Luis. – ¿De qué quieres que hablemos hoy?

– Mira, esta vez nos lo vamos a beber en estos vasos de chato, que son los más apropiados para este vino. – Y llenó, mientras hablaba, los dos vasos de vino que tenía en la mano. Hizo un gesto acercándoselos a Luis para que cogiera uno. – Antes que nada, nuestro brindis. – Dijo alzando el vaso. – Bueno es el vino, cuando el vino es bueno…..pero si el agua es de arroyo puro y cristalino,  siempre es mejor el vino. Arriba, abajo, al centro y adentro. – Recitó Juan y al finalizar, entrechocó su vaso con el de Luis y bebió un pequeño trago.

Luis, después de ese primer sorbo, chasqueó la lengua y dijo:

– No está nada mal este vino. ¿De dónde dices que es?

– De la comarca de Tierra de Barros, en Badajoz. Hay buena tradición de vinos en esa parte de Extremadura, junto con los de La Serena, son los mejores de la zona. – Le informó Luis. – Pero bueno, el vino con amigos es para beberlo no para dar conferencias. De lo que yo quería hablarte era de escritores y de libros. ¿Conoces a Víctor Ramírez? – Preguntó Juan.

– Físicamente, sí. Lo he visto pasar por delante de mi banco muchas veces, pero nunca he conversado una botella de vino con él. Me da en la nariz que es más de ron que de vino.

– Sí, tiene toda la pinta. ¿Has leído un libro suyo que se llama: “Nos dejaron el muerto”? – Preguntó Juan mientras volvía a rellenar los vasos.

–  Si que recuerdo haberlo leído hace ya bastante tiempo. Si no recuerdo mal, se me fue desinflando conforme avanzaba en su lectura.

– ¿No te gustó? A mí me parece un buen libro. No soy muy conocedor de la narrativa canaria y no puedo situarlo en su entorno, pero individualmente me parece un libro muy logrado. Y según tengo entendido, tuvo repercusión internacional, incluso se hizo un guión en México.

– Bueno, que se hiciera un guión de cine no es prueba de nada. Date una vuelta por las carteleras y entenderás lo que te digo. Lo que a mí me parece, es que la historia que cuenta es floja, casi nula. El planteamiento inicial es curioso, el narrador inicialmente también resulta interesante, pero ahí se queda.

– Es una novela de personajes, no de historia. Te cuenta los personajes de un cierto entorno social, el barrio y te los va recreando uno a uno. El narrador para mí es un hallazgo. Un niño que gracias a su enfermedad, “lo mío”, dice él, supongo que una especie de tisis, pasa desapercibido en un rincón de la casa medio adormilado siempre en su estera amarillenta. Nadie le pone excesiva atención y así puede “golisnear” todo lo que pasa. Me parece un narrador bastante creíble.

– Sí claro, y lo que no puede saber, porque no ocurre en los dominios que él controla, resulta que se lo contó años después alguien. Tiene su falla la narración. Y además me parecen personajes artificiales, llevados todos de manera forzada a situaciones poco lógicas. Pretende un estilo “realismo mágico”, pero le falla la realidad y no aparece la magia por ningún sitio, si acaso en el abuelo Ignacio Perpetuo, yéndose a morir a la cueva. Y el lenguaje, cuando quiere ser costumbrista me suena a falso, a excesivo.

– Pues a mí me parecen unos personajes muy sugerentes y unas escenas costumbristas muy logradas. El juego que hace con los tiempos verbales diferentes en la misma frase resulta muy auténtico ¿Y los nombres? Esos nombres compuestos imposibles: Ignacio Perpetuo; Benigna Lucía; Petrita Jesús; Adolfinia del Coral… son muy posibles en cualquiera de los barrios de Las Palmas y en la época de la narración. Tengo yo mis ejemplos personales.

– A mí me parecen nombre forzados y escenas más forzadas aun. No me creo esa promiscuidad, esa incestuosidad, esa animalidad sexual en definitiva, que pretende vestir de normalidad. No obstante lo dicho, me parece un libro que se puede leer, tiene momentos muy buenos y pequeñas historias atrayentes, pero que al principio de su lectura promete mucho y al final, para mí, incumple su promesa.

– Claro, olvidaba que tú eres de los que quieren en una novela: planteamiento, nudo y desenlace. Y este libro está mucho más cerca, salvando la abismal distancia, de La Colmena, que de Fortunata y Jacinta.

– No tan abismal, si tenemos en cuenta que el autor también es académico, aunque de esa cosa llamada Academia Canaria de la Lengua. Bromas aparte. La forma natural de contar una historia es esa, por supuesto, pero se puede variar, claro que sí, siempre que el resultado final lo justifique. Pero me temo que en este caso, no está en absoluto justificado.

– ¡Bueno! Pues se acabó la botella y el ibérico. Gracias por la charla y hasta la próxima.

– Gracias a ti y a hasta cuando quieras.

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