Breve teoría económica (con un par)


Vaya por delante que de economía sé lo que la segunda parte de la palabra indica: que no es mía. Por tanto, no esperen, al terminar de leer esta entrada, saber algo que ya no supieran antes. Es más, es posible que se les olvide algo de lo que sí sabían. Ahora, si quieren seguir leyendo ¡allá ustedes!

Desde que la maldición bíblica nos obligó a ganarnos el pan con el sudor de la frente, el hombre se las ha ido ingeniando para obtener el pan, a ser posible, con el sudor del de enfrente. Y ahí está el éxito de un sistema, el capitalista y el fracaso del otro, el comunista.

Los que tenían el capital (en un principio el capital era la fuerza física), obligaron a los débiles a que trabajaran para ellos por un mendrugo de pan. Cuando, alguna vez, uno de los débiles conseguía hacerse fuerte por cualquier medio, se le concedía privilegios sobre los demás y así se le desarticulaba, y si tenía un poco de conciencia social pues conseguía alguna mejora para sus compañeros, por ejemplo que el capataz se quitara las botas antes de pegar la patada en los cojones del obrero que, según su criterio, se los estaba tocando demasiado.

Cómo lo único que obtenía el obrero a cambio de su trabajo era un mendrugo de pan, el pan se hizo imprescindible generación tras generación Y aunque siglos más tarde, el hijo de aquel que nos condenó a comer pan, dijera aquello de: no sólo de pan vive el hombre; ya lo había besado y era tarde para mí, decía la copla. Ya estaba en nuestros genes que lo único importante era el pan y los profetas, falsos o no, tenían que acabar en la cruz, condenados por el gremio de cosechadores de trigo e industriales panaderos.

Años más tarde, mil novecientos años más tarde, año arriba, año abajo, un grupo de aparceros, decidieron quedarse con las tierras en propiedad y sembrar, cosechar y transformar el trigo en pan, para luego repartírselo entre todos a partes iguales y con los costos que se ahorraban, hacían caso al crucificado y añadían al pan, justicia e igualdad para alimentar al hombre. Y tan convencidos estaban de que eso era lo justo, que trataron de llevar su justicia al resto del mundo, quiérala o no el resto del mundo, que eso también fue mandato del crucificado: ¡Id y predicad el evangelio! Y con la espada predicaron y defendieron lo predicado, privando a sus seguidores de un ingrediente básico en el alimento humano, la libertad. Nada nuevo bajo el sol.

Pero claro, sembrar, cosechar y transformar el trigo en pan, sea para repartirlo a partes iguales, o sea para venderlo al mejor postor, es trabajo al fin, y ya hemos dicho anteriormente que desde la expulsión del paraíso, hemos intentado que trabaje el de enfrente y yo llevarme el fruto de su sudor, pero como el de enfrente era igual a mí, pues pensaba igual y claro, no hay cosecha que aguante tanto brazo caído. Y aunque se nombró un grupo, “primus inter pares” por supuesto, para que dirigieran la planificación y consiguieran que el proceso industrial se completara, pues pasó lo que tenía que pasar, que el grupo dirigente decidió que puestos que ellos eran los cerebros de la cosa, pues merecían unos privilegios, y dejaron de ser “primus inter pares” y pasaron a ser señores feudales.

Recapitulando: De los cuatro alimentos básicos, pan, libertad, justicia e igualdad, para el hombre de a pie, el capitalismo sólo le ofrecía pan; el comunismo, en un principio le ofreció pan, de menor calidad seguramente, pero pan al fin, justicia e igualdad. Pero la condición humana hizo que en este último desapareciera, como hemos visto, la justicia y la igualdad, quedando sólo el pan y encima de peor calidad.

Y aquí hemos llegado ahora. Seguimos teniendo sólo pan, pero eso sí, de múltiples formas y sabores, para que podamos tener una ilusión de libertad al poder elegir que pan queremos. Nos han convencido de que lo justo es, que si nos esforzamos más en tener al capital contento produciendo más que otro, el trozo de pan nuestro será mayor y más gustoso, para de esa manera tener una cierta ilusión de justicia y en cuanto a la igualdad, pues eso, que todos iguales es muy aburrido y que en la variedad está el gusto.

Así que está claro: nos quejamos de vicio.

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