Reflexiones al filo de la edad (2ª y última entrega)


Puesto que se ha dado en decir que lo prometido es deuda, continúo con mi particular lista de los vicios menores:

Jugar.- Siempre he sido jugador, aunque cobarde. Me explico. He jugado al tute, subastado y sin subastar, al mus con cuatro y con ocho reyes, a la ronda robada y sin robar, al cinquillo, al hijoputa (con perdón) y otros muchos juegos de naipe, pero jugándome las copas y las tapas, que es la única forma civilizada de jugar a las cartas que conozco. Pocas veces he jugado por dinero puro y duro. También he frecuentado maquinas tragaperras y en sus inicios pisé alguna que otra sala de bingo. Pero como quiera que el miedo a palmar lo que necesitaba para el mantenimiento airoso de los otros vicios, era superior a la ilusión de ganar, siempre hice apuestas pequeñas y miedosas, y ya saben el dicho musístico de: “jugador de chica, perdedor seguro”. Ese miedo cerval a perder en un minuto lo que me ha costado todo un mes ganar, me ha mantenido alejado de croupieres y ruletas rusas y he explotado con deleite y fruición la parte divertida del juego, que para mí no es otra que la de levantarle las copas a cuñados y amigos en general y pagarlas cuando es menester y las cartas vienen mal dadas. Y como me es tan grato invitar, como ser invitado, nunca he tenido mal perder, ni se me ha vuelto la sangre vinagre por un quítame allá esas cuarenta en bastos o un órdago a la grande con cuatro ases.

Joder (Coger si me lees desde hispanoamérica).- Utilizo este verbo, y su variante panamericana, malsonante sí, pero susceptible de asociar con vicio, ya que los eufemismos al uso, como son: hacer el amor; practicar el coito o jugar a médicos y enfermeras, sobre cursis son antivicio, como la famosa y televisiva pareja policial de Miami. Existe otro verbo de la primera conjugación que me hubiera servido igual, pero por aquello de respetar la ley de igualdad, he preferido usar dos en “ar” y dos en “er”, por si la ministra de sanidad. En cuanto a este vicio, debo decir, aun a riesgo de rebajar a niveles aburridos el morbo de estas reflexiones, que siempre he sido consumidor casero. Ahora podría hacer un sesudo y documentado discurso sobre la fidelidad, el compromiso ético de la pareja, y otras zarandajas por el estilo. Pero si he de ser sincero, de nuevo el miedo al ridículo me ha mantenido alejado de comer fuera de casa. He mirado con ojitos concupiscentes (apetito desordenado de placeres, para que no vayan al diccionario) a más de una y a más de dos, y no descarto que algunas, aunque me barrunto que no las mismas, me hayan mirado a mí de igual manera, la necesidad vuelve bello lo grotesco y bien dice el refrán que la jodienda no tiene enmienda. Pero me ha dado por pensar que a lo mejor, si llegábamos al momento de ponernos al lío y juntar pechito con pechito, iba a necesitar de goyerías y florituras, que si salen bien te consagran como amador consumado, pero si fallas, quedas marcado no con la “A” escarlata de adúltero, que hoy hasta podría hacer bonito y vestir un curriculum, sino con la avergonzadora “T” amarilla de torpe o torpón, que te inhabilita in aetérnum para nuevos intentos y además, te convierte en la comidilla del barrio y alrededores, pues es deporte nacional bien conocido el reirse de los ridículos eróticos ajenos. Por eso, entre otras cosas, he mantenido vivo este vicio, pero en casa, en la dulce paz del hogar, donde cualquier intento acrobático y creativo, si sale bien, eso que te queda en el cuerpo y si sale mal, te echas unas risas con la parienta, un cigarrillo de después y te ahorras una pasta y muchas horas en divanes psiquiátricos. Éste es el único de los vicios que mantengo vivo de manera metódica, reincidente (no mucho, no exageremos) y vocacional y que me dure (dura) muchos años y si hubiera que recurrir a la pastillita azul, se recurre, que la química tiene múltiples, beneficiosos y caritativos usos que no tienen porque despreciarse. Y si cuando uno no levanta cabeza, se toma un complejo vitamínico, pues la cabeza metafórica no veo porque debe tener distinto tratamiento.

Y hasta aquí mis reflexiones sobre los llamados vicios menores, que son los únicos que merecen tal nombre, otros ya pasan a la categoría de tragedias y no estaría bien que me los tomara a broma.

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