¡Otra vez la vecina!


 

Abro el cajón del pan y ¿qué me encuentro?: ¡otra vez la vecina!

En mi casa, siempre se compra pan de bollo. Es un pan recio, contundente. Y de un día para otro se puede comer, pues conserva un punto de frescura suficiente para resultar agradable. Incluso dos días después, lo cortas en rebanadas y lo tuestas y está estupendo.

La encargada de comprar el pan es mi madre. Ella sale casi todos los días y además de fruta fresca de temporada, verdura y en su caso un poco de carne o de pescado, se acerca hasta la panadería de Lucas, que es el único que hace el pan de bollo. La verdad que la panadería le cae bastante a trasmano, pues está cuatro calles más arriba y llegando ya a la estación de autobuses. Unos veinte minutos a buen paso. A veces, cuando está muy apurada, aprovecha que la vecina compra en un supermercado que hay cerca de la panadería y le encarga el pan.

– Antonia, ¿no te importa y me traes pan de bollo?

– Claro que no Elvira. Hoy por ti y mañana por mí.

– Si cuando vuelvas no estoy en casa, me lo guardas aquí, en este cajón.

– Pierde cuidado mujer.

El problema, es que la Antonia está un poco teniente del oído izquierdo. Y cada vez que mi madre le encarga el pan de bollo, como la pille orientada en esa dirección, la hemos liado. Cuando llegamos a casa y abrimos el cajón del pan ¿qué encontramos?: ¡Un par de pollos! Lo dicho: ¡otra vez la vecina!

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