Augusto Cantalapiedra


 

Compartí celda con Augusto Cantalapiedra. Un tipo curioso. Había sido actor y muy afamado. Su escuela era el histrionismo. Para entendernos una especie de Jack Nicholson, pero de Cuenca. Intervino en todos los proyectos importantes donde hiciera falta un actor de su registro. Procedía de una familia de actores. Sus padres tenían una compañía de teatro y desde muy pequeño lo incorporaron a escena. Siempre hacía falta algún niño de sus sucesivas edades. Luego, aunque la compañía de teatro se deshizo, él siguió haciendo teatro, cine y televisión y se labró una importante carrera.

De buenas a primeras, un día desapareció. Hizo mutis. Lo siguiente que se supo, varios años después, es que ingresaba en prisión por delito fiscal. Por eso compartía celda conmigo. Lo mío, también eran delitos de carácter económico.

En prisión era un hombre ordenado, pulcro, a pesar de las limitaciones propias del lugar. Su cama y sus cosas permanecían siempre en perfecto estado de revista. Parco en palabras, comedido en los gestos, nada tenía que ver con aquel exitoso actor de hacía unos años, cuya imagen estaba asociada a la vida desordenada, excesiva.

Según me contó, en los pocos momentos de intimidad que se permitió conmigo, su verdadera vocación era la de contable. Sí, eso he dicho, contable. Lo del mundo de la farándula, como él lo llamaba, le vino dado. Era su hogar, el sitio donde creció. Como yo crecí en Coria del Río o usted en ese colegio de huérfanos. Pero él observaba al contable de la compañía, con aquellos libros de tapas rojas, sobretodo los apaisados. Se embelesaba viendo aquello libros de Miquelrius, los abría y leía los asientos, con aquella letra pulcra y redonda, como de cuadernillo de caligrafía y aquellos números que parecían dibujados, en perfecto orden, unos debajo de otros listos para ser sumados. Luego supe que lo encerraron porque siendo titular de una asesoría fiscal y contable, asumió la responsabilidad de los delitos fiscales de sus clientes. Fue significativo un titular de prensa de aquella época: 

¡Soy un Cantalapiedra, no un cantamañanas!

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