Un café y un libro


A Fuenci:

Sintió una mirada y levantó la suya en la dirección presentida. Dos veladores más allá del suyo, una señora, de unos sesenta años, apartó la vista al sentirse descubierta. Siguió leyendo mientras saboreaba el café, pero de nuevo sintió la mirada y con algo de disimulo intentó observarla. Efectivamente, le estaba mirando a él. Le miraba de una forma entre sorprendida y emocionada. Esta vez, cuando se dio cuenta de que él a su vez también la miraba, le sostuvo la mirada e incluso le hizo como un gesto de reconocimiento. Algo apenas perceptible. Pero sí, estaba seguro, la señora había medio esbozado una ligera sonrisa y un ademán parecido a un saludo. Él le devolvió la sonrisa y de nuevo se enfrascó en la lectura. Unos minutos más tarde, la desconocida se acercó a su mesa y le preguntó abiertamente si podía sentarse un momento. Él, luego de mirarla un poco desconcertado, le apartó la silla y la invitó a sentarse.

– Se estará preguntando quién soy y qué pretendo ¿verdad? No, no se preocupe. No le voy a pedir dinero y de lo otro, bueno, aún lo disfruto, pero soy un poco anticuada y sólo lo hago con mi marido. – Le dijo con una sonrisa franca y abierta.

El siguió en silencio y expectante.

– Mire joven, le estaba observando porque sus ademanes me resultaban muy familiares, pero no acertaba a averiguar de qué lo podía conocer. He estado dándole vueltas y vueltas y de repente, ¡zas! me ha venido a la cabeza. Claro, me costó trabajo porque usted no se le parece en nada físicamente. Eran los gestos los que me tenían hipnotizada.

Él continuó en silencio mientras la cara se le transformaba poco a poco en un signo de interrogación.

– Tiene razón, me voy a explicar antes de que piense seriamente en llamar a los loqueros. La cuestión es que usted me estaba recordando a mi hijo. A mi difunto hijo. Su forma de sostener el libro mientras lee. Su manera de hacer anotaciones en el margen de la página. El modo en que sube la mirada para reflexionar sobre algo de lo leído. Todos esos gestos, todos esos ademanes, son iguales a los que hacía mi hijo cuando se enfrascaba en un libro. Ya le digo que físicamente no se le parece en nada, ni siquiera en la edad. Entre otras cosas porque el falleció con veinticinco años y usted, ya sobrepasa los cuarenta generosamente. ¿Me equivoco?

– No señora, no se equivoca. Tengo cuarenta y siete años. ¿Hace mucho que falleció su hijo? – Le preguntó él con curiosidad real.

– Hace ya siete años. El cuatro de abril de dos mil cuatro. Un estúpido accidente automovilístico se lo llevó.- Contestó la señora con cierta pesadumbre.

– ¿El cuatro de abril de dos mil cuatro? – Preguntó enarcando una ceja.

– Sí, ¿por qué? – Se sorprendió a ella del gesto de su interlocutor.

– No, nada, disculpe. Simplemente lo estaba asimilando y es lo primero que se me ha ocurrido decir.

– Veo que está leyendo “Con ánimo de ofender” de Pérez Reverte. Un  poco prepotente para mi gusto. Aunque reconozco que escribe muy bien, no soporto ese aire de perdonavidas que imprime a sus artículos.

– En realidad es uno más de sus personajes. El articulista de XL Semanal, es un  personaje que se ha inventado para poder escribir de esa manera. En realidad, él no es tan mal hablado, ni creo que tan dogmático y seguro que tiene muchas más dudas de las que aparenta en sus artículos. Al menos, esa conclusión he sacado oyéndole y leyendo entrevistas que le han hecho.

– Pues así será, pero entonces, es el personaje el que no me gusta. Bueno, no quiero importunarle más. Si frecuenta esta terraza, tendré mucho gusto en compartir en otra ocasión un café y una pequeña charla sobre libros con usted.

– No me importuna en absoluto. Y estaré encantado de compartir ese café y esa charla cuantas veces nos encontremos.

Ella se levantó y se fue. Mientras la observaba caminando calle abajo, se preguntó, por qué no le había dicho que el mismo día que su hijo fallecía, él había vuelto a nacer.

 

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