Probablemente Melpómene


Melpómene– ¿Estás segura? – Preguntó la chica rubia.

– Sí, sí. Me lo contó su hermana. – Respondió la otra chica, que, ahora que me doy cuenta, también era rubia, o al menos lo aparentaba.

Y enseguida supe que estaban hablando de Ignacio.

Será mejor que les ponga en antecedentes.

Desde que recuerdo, siempre he jugado a montar una historia con un par de frases sueltas oídas en una conversación cualquiera, preferentemente de gente desconocida. Así, por ejemplo, oía a alguien decir que iba a viajar a Madrid y sobre la marcha me inventaba un viaje de negocios, o una enfermedad grave, o un pariente desaparecido hacía años. Con un par de frases oídas al azar y la impresión que me causaran los interlocutores, ya tenía mi historia.

Al principio, se trataba únicamente de un ejercicio mental. Es decir, pensaba la historia, la disfrutaba en mi imaginación y ahí moría. Más tarde, cuando descubrí que contar historias podía ser un método para seducir, empecé a contarles estas historias a mis amigos como si fueran totalmente ciertas. – Hoy he conocido a un señor que tiene que viajar a Madrid porque le han dicho que su hermano, que desapareció en Rusia cuando la División Azul, es posible que esté viviendo allí bajo un nombre falso… – Y le iba añadiendo datos a medida que iba repitiendo la historia. – Creo que se trata de un pintor muy famoso, pero al que nadie conoce realmente, sólo conocen su obra a través de una Galería de Arte que tiene un contrato de confidencialidad… – Y luego, cuando tuve que empezar a ganarme la vida, convertí esta manía en profesión. Me hice escritor. Aunque cuando estoy en charlas de promoción de mis libros, hago sesudos discursos sobre la motivación de mis relatos, sobre la idea que subyace en cada uno de ellos, la metaescritura y todas esas zarandajas (de alguna manera he de justificar las obscenas cantidades de euros que me ingresan por los derechos de autor), lo cierto es que sigo cogiendo frases oídas al azar y montando una historia sobre ellas. Algunas, incluso me han dado para novelas de más de seiscientas páginas. El sistema es el mismo que cuando le contaba las historias a mis amigos. Oigo la conversación, monto la historia, se la cuento a mi mujer y ya está, ya tengo un relato corto para mi próximo libro de cuentos. Luego, si se la cuento a mi hija, crece un poco más y se puede convertir en una novela corta. Si tengo ocasión de contarla a varios amigos, sigue creciendo y ¡voilá! ya tengo mi mamotreto de seiscientas páginas o más.

Pero algún dios ha debido sentirse ofendido. En algún lugar del Parnaso, un dios mediocre y envidioso, se ha sentido ofendido por que he comerciado con lo que él debe considerar un don divino. No creo que se trate de Momo. Él sí tiene sentido del humor. Probablemente alguna musa de las que nadie recuerda, ni su nombre, ni su área de influencia en las artes. Tengo comprobado que cuanto más insignificante eres, más mala leche te gastas.

Bueno, decía que alguien allá arriba se ha ofendido con mi éxito y se ha tomado cumplida venganza. Me ha desactivado como narrador. Ha conseguido la mutilación mayor para un escritor. La autocensura. Ya no soy capaz de escribir libremente. ¿Qué cómo lo ha conseguido? Les cuento. Para ello, debo volver al principio de este escrito. ¿Recuerdan?

– ¿Estás segura? – Preguntó la chica rubia.

– Sí, sí. Me lo contó su hermana. – Respondió la otra chica, que, ahora que me doy cuenta, también era rubia, o al menos lo aparentaba.

Y enseguida supe que estaban hablando de Ignacio.

Quiero decir, que imaginé una historia en la que mi amigo Ignacio estaba involucrado. En mi historia, las dos chicas estaban hablando de Ignacio. Su hermana le había dicho a una de ellas que Ignacio estaba agonizando en el hospital. Qué de repente le había dado un mareo y se había caído. Lo llevaron a urgencias y después de varias pruebas le detectaron un tumor cerebral de gran tamaño. Sólo se le podía operar para eliminar parte del tumor y que éste dejara de hacer presión en el cerebro, pero era cuestión de semanas. No se podía hacer nada. Hasta aquí la historia resumida. Muchas veces, casi siempre, he utilizado a amigos o simples conocidos para hacerlos protagonistas de mis historias. Siempre me ha hecho gracia jugar con ellos sin que lo supieran. Pero esta vez, me caí con todo el equipo.

Cuando llegué a casa dispuesto a sentarme en el ordenador para escribir la historia antes de dársela a conocer a mi mujer, me encuentro a ésta con cara mustia, como de haber estado llorando un buen rato. Le pregunto que qué le pasa y me contesta que acaba de hablar con Marta (Marta es la hermana de nuestro amigo Ignacio) y que le ha dicho que Ignacio ha muerto. Que le dio un mareo, lo llevaron a urgencias y allí le detectaron un tumor cerebral. Por lo visto al operarlo para intentar reducir el tamaño del tumor, ha muerto en la misma mesa de operaciones. Como podrán comprender me quedé blanco. Estuve sin conseguir reaccionar ni sé el tiempo. Mi mujer lo achacó al lógico impacto de la noticia. Al fin y al cabo me estaba hablando de la muerte de uno de mis mejores amigos. Un hombre joven, cincuenta años, sano, de salud y de costumbres. Un auténtico mazazo. Cuando conseguí reaccionar, le conté la historia que traía en la cabeza para escribir. Por supuesto se quedó atónita. Luego, trató de tranquilizarme con argumentaciones sobre las casualidades. Me recordó que llevaba escritas y contadas cientos de historias sin que nunca hubiera pasado nada. Qué era una cuestión de estadísticas, que cuanto más escribiera, más opciones había de que alguna vez acertara. Pero yo no lo creo así. Las estadísticas son pura mentira. Los accidentes de avión están llenos de gente que era la primera vez que se subía a uno. Como decía, alguien se ha cabreado con mi éxito y me lo está haciendo pagar. Y muy caro.

Ahora, sólo se me ocurren historias blancas, felices, anodinas y en las que no involucro a nadie conocido. No me atrevo a poner a nadie en ninguna situación embarazosa, o de peligro, ni siquiera en una situación ridícula, que tanto me gustaba antes. Las editoriales me han rechazado todo lo que escribo últimamente. Dicen que no tiene gancho, que son vaciedades. Lo malo es que los críticos dicen lo mismo del último libro de cuentos que conseguí publicar haciendo valer el tirón de mi nombre. Mi agente literario ni siquiera contesta mis llamadas. Para mantener el tren de vida, he tenido que vender los derechos de autor para el cine y la televisión de algunas de mis obras, algo a lo que siempre me había negado. Y acabo de negociar las condiciones económicas para el lanzamiento de mi obra cumbre: “La teoría del plomo” en e-book.

¡No se puede caer más bajo!

10 responses to this post.

  1. Pues vaya que no dejas de sorprenderme Miguel! “La teoría del Plomo”, de la cima a la llanura, de historias blancas a que se te cumpla, siempre me tienes de un hilo, como evoluciona la historia, las fuentes del escritor, sabes no me parecen descabelladas, nadie puede inventar el agua azucarada nuevamente, a la larga lo que se hace es la narrativa y documentación, claro plumas como la tuya, son grandes, y logran atrapar, Eres grande Miguel! si que tienes “gancho” un fuerte abrazo con todo mi cariño

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  2. Sigue escuchando y contando, sean las historias blancas, negras o de plomo teorizando.
    Me diste un gancho!! 🙂

    Un saludo.

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    • Bueno, me alegra que te haya gustado. Y sí, me temo que voy a seguir escuchando y contando. Aun a riesgo de que Melpómene se enfade.
      Un saludo.

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  3. jajajaja Me encantas. Tienes un don, el de narrador. La mejor virtud del ser humano.
    Besazo

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  4. Yo coincido con Dolega, eres capaz de contarnos cualquier historia y hacerla amena.

    Abrazos crack.

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  5. El caso es que a mí siempre me da miedo escribir sobre temas desagradables. Me parece que puedo gafar algo. Un beso.

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    • Pues yo pienso que se puede escribir sobre cualquier cosa. No debemos censurarnos nosotros mismos, pues acabaremos mutilando nuestra imaginación
      Un beso.

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