La pasión por cuentear


No hablo ni escribo para convencer, sino para fascinar.
La literatura no es pedagogía sino magia.
Un ser de lejanías, Francisco Umbral, Planeta

 

Desde que aprendemos nuestros primeros balbuceos, empezamos a “cuentear” (Debiera significar contar cuentos. En Hispano América tiene otras acepciones que no se alejan mucho, aunque pueda parecerlo. Ver D.R.A.E.). Empezamos a hacer magia con las palabras. O con las medias palabras, que es más difícil y por supuesto más literario. No me digan que no es magia, y fascinación, esa sílaba repetida, a caballo entre ba y pa, que si es el padre quien la escucha, a Dios pone por testigo de que su hijo le está llamando y, por el contrario, si es la madre la que por allí asoma, tiene claro que su hijo la acaba de reconocer. Y aun si está cerca la hermana mayor, no tiene ningún empacho en afirmar que lo que realmente está haciendo su hermanito es llamarla a ella, pues en realidad quiere decir tata lo que ocurre es que aun no sabe pronunciar la “t”. Se trata, por lo tanto, de un cuento, más corto que el famoso Dinosaurio de Monterroso y mucho más abierto a interpretaciones. Todo el mundo queda fascinado por ese momento mágico, ergo, es literatura según la teoría de Umbral.

A partir de aquí, es un no parar. Hasta que llega eso que hemos dado en llamar educación y te tacha de mentiroso. ¿Cuántas vocaciones literarias se habrá cargado la educación? Innúmeras. Pero sospecho que no eran vocaciones firmes, pues no se renuncia a algo que se quiere al primer contratiempo. Así que a lo mejor, sí tiene algo bueno la educación. Hace de criba vocacional.

Si hay madera de cuentero, en adelante todo es “cuenteable”. Todo es susceptible de convertirse en cuento. Un paseo desde tu habitación a la de tus padres, diez pasos que se convierten en cincuenta kilómetros de selva virgen. Una mirada de aquella pecosa con trenzas, que nunca la recibiera igual Romeo. Aquella vez que pisaste sin querer al matón del barrio, que huyó despavorido ante tu valentía. O aquella otra que salvaste de morir ahogado a un campeón de natación, olvidándote, ante tan grave situación, de que tú no sabías nadar.

Pero hay que sortear el mote de mentiroso, y para ello, un buen cuentero, enseguida prescinde de los fuegos artificiales y se apoya en la luz natural de las luciérnagas. El pasillo de tu casa no es, no puede ser, sin caer en la mentira, la selva virgen, pero sí que puede ser, de hecho lo es, sobretodo en el silencio de la noche, la caja de resonancia de todo lo que ocurre en tu bloque y a través de los patios de luz se entretejen las historias más variopintas. La pecosa de las trenzas no va a caer rendida a tus pies por tu perfil de Adonis, pero sí te puede dar un beso, y bien que te lo dio, cuando le soplaste la pregunta de geografía que no le había dado tiempo a estudiar porque se estaba arreglando para ser la más guapa del baile. Y así sucesivamente. No se trata de inventar. Se trata de fascinar. Y es mucho más fascinante una historia verosímil que una burda patraña.

Si Remedios la Bella no hubiera dispuesto de aquella sábana para subir a los cielos, Cien años de soledad, sólo sería un libro de ciencia-ficción y Gabriel García Márquez un mentiroso, en lugar de un gran cuentero.

26 responses to this post.

  1. Me gusta más la palabra cuentero que la de novelista para definir a un contador de historias. Besos
    Ana

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  2. De cuentero, nada, tu lo que eres es un cuentista de mucho cuidado! 😉
    Un abrazo cruje-huesitos

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    • ¿Y tú me llamas cuentista? La que nos ha hecho creer que está de viaje por esos mundos de dios o del diablo, cuando en realidad está sentada en su sofá y nos cuenta los documentales de la 2. 😛
      Un abrazo ensancha corazones.

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  3. No se le da al cuentero un ardite, hasta que alguien le regla un doblón.
    Vaya para ti, Gran cuentero, una saca llena de doblones.
    Un saludo

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    • Gracias Nergal. Guardaré los doblones junto con los reales que me dieron cuando hice las coplillas de ciego. Para el plan de pensiones. 😀
      Un abrazo.

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  4. Entonces como deveriamos llamar a Calleja?
    Me gusta esto de cuentear, porque todos somos cuenteros, no?
    Saludos 🙂

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    • Cierto que Calleja tenía mucho cuento. Yo creo que era un cuentero también.
      Sí, claro, todos los que tenemos un blog somos cuenteros.
      Un beso.

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  5. La RAE traduce cuentero como cuentista, cuando yo a éste siempre le he visto un sentido más peyorativo que al primero. En cualquier caso contadores de cuentos, verbalmente o por escrito, somos todos. Otra cosa es la gracia que tiene cada uno, que evidentemente no es la misma.

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    • Es cierto: hay cuenteros que te cuentan cualquier cosa y te embelesan y cuenteros que destrozan la mejor historia. Pero mientras haya gente con ganas de cuentear, habrán lectores con ganas de dejarse fascinar.
      Un abrazo.

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  6. Lo apasionante de escribir, el relatar, llevar de la mano a través de las letras, y sobre todo el lograr transmitir,… tu lo haces muy bien 🙂 Eres Grande Miguel! miles de abrazos y todo mi cariño

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  7. ¡Como me gusta leerte! Tú sí que eres un buen cuentero.
    Algún día posteare la anécdota de Remedios La Bella de García Marquez. Yo también la viví y puedo dar fe de que fue cierta. Tenía cinco años y aún la recuerdo y nunca la olvidaré.
    Besazo

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    • ¡Cómo me gusta que me leas! 😀
      ¿A qué esperas para cuentearnos eso? Estás tardando. ¿Qué tú viste a Remedios la Bella subir a los cielos? No tienes edad querida. No presumas de vieja.
      Un besazo.

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  8. Cuentero y cuentista, para qué discutir si ambos te valen como un traje, tú te enrollas con cualquier cosa y nos la haces leer y disfrutar 😀

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  9. eres un gran y buen cuentero, aunque de niño quizá te llamaban mentiroso, eso suele suceder

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    • No te voy a decir lo que me llamaban de niño, porque menos bonito, de todo. Gracias por considerarme un buen cuentero. Aunque hay calificativos que obligan a mucho.
      Un saludo y paseo a tu antojo por el blog. Estás en tu casa.

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  10. Joder! Ésto por llegar tarde. Iba yo a hacer una disquisición entre cuentero y cuentista y aquí todo el mundo ha tocado ya el palo, que poco original soy.
    Bien. Me gusta que traten de fascinarme, que se acerca mucho a seducirme, y para ello nada mejor que un buen cuentero. Sigo diciendo que yo soy incapaz, creo que soy más cronista que cuentera, aunque hasta esa palabra me queda grande, quizás yo si que soy una cuentista jeje.
    Besitos guapo

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    • Pues no, no te queda nada grande la palabra cronista. Y tampoco estarías disfrazada con la palabra cuentera. Tú nos cuentas tus historias envueltas en tu particular visión de las cosas y estoy seguro, que siendo ciertas, le preguntas a cualquier persona que la haya vivido junto a ti y la ha visto de manera diferente. Eso es cuentear, según mi opinión.
      Un beso de tu rendido admirador, que lo es Juan. Un piquito de Dragon.

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      • ¿Cuentear entonces es sacar partido del detalle más trivial o la historia más anodina? porque entonces sí jaja

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        • Ahora que no nos lee nadie 😉 te voy a contar un secreto. La historia de Tom y Cleo, es la historia de un gato perseguido por un perro estando yo de guardia en Alicante. El gato se subió a un arbolucho que ni siquiera sé identificar y cuando se creía a salvo, se tronchó la rama y cayó justo delante del perro. El susto que se llevó fue de órdago a la grande. Eso mismo, convirtiendo al gato en un conquistador y trocando el arbolucho en un flamboyán, es otra historia. Pues es lo mismo que haces tú cuando, por ejemplo, te nombran Cani oficial. 😛

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          • Jaja, gracias por la confidencia, mis labios están sellados. Se necesita mucha imaginación también Miguel, y de eso andas sobrado, yo para escribirlo tendría que haberme convertido en Cleo y contarlo en primera persona echando mano de algún Tom del pasado

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