La herencia


La madre a su hijo, con tono solemne:

– Miguel: ya has cumplido doce años y eres todo un hombre. Te voy a dar algo que llevo guardando desde hace mucho tiempo para ti.

– ¿Qué es, Juanita? – Nunca la llamó madre.

– Mira. Es un sello de plata que perteneció a tu abuelo. Es lo único que conservo de él. Pruébatelo para ver si hay que arreglarlo.

La madre puso en el dedo anular de la mano izquierda del hijo, un sello de plata con unas iniciales grabadas, MM.

– ¡Qué bien! Me queda perfecto (en realidad le bailaba en el dedo) y lleva mis iniciales. – Exclamó entusiasmado el muchacho.

– Claro, son las mismas iniciales de tu abuelo, por eso lo guardé para ti. Aunque eres un despistado, espero que por respeto a tu abuelo y a mí, cuides el anillo como si fuera un tesoro.

– Te prometo que lo cuidaré y lo conservaré siempre, Juanita.

– Por una vez, me voy a fiar de ti.

Luego, de vuelta al internado, no hacía más que girar orgulloso el anillo en el dedo. Le contó a todos sus amigos la procedencia del anillo, inventando mil y una historias sobre su abuelo (al que no conoció), aunque ocultando lo único que sabía de cierto, que lo habían fusilado por rojo. Eso no se podía decir en aquella época.

Pasado el tiempo, un día salió, como tantas veces, a los Tres Caminos a coger fruta. Se encaramó a una higuera y se dio cuenta de que le molestaba el anillo. Se lo quitó y lo dejó momentáneamente ensartado en un trozo de rama que le vino, como anillo al dedo, nunca mejor dicho. Cogió los higos que mejor pinta tenían y se bajó de la higuera. Siguió sus correrías con el resto de compañeros y al llegar la noche, de regreso ya en el internado, se dio cuenta de que se había olvidado recoger el anillo. Al día siguiente le fue imposible regresar a la higuera y luego, simplemente se olvidó.

Al año siguiente, su madre vino a recogerlo para salir de paseo otra vez. Le miró el dedo y vio que faltaba el anillo.

– ¿Dónde está el anillo de tu abuelo? Preguntó mosqueada.

– Se me quedó en la taquilla del colegio. – Mintió de manera descarada. – Me lo quité para ducharme y con las prisas para venir contigo me olvidé de cogerlo.

– Espero que no me estés mintiendo.

Una vendedora ambulante que pasaba en ese momento al lado de los dos, les ofreció a probar su mercancía.

– Mirad que higos más dulces llevo. Toma niño, pruébalo.

El muchacho abrió el higo en dos y se llevó un trozo a la boca. Al masticar, sintió algo duro. La madre puso la mano para que lo escupiera. No había duda. Allí estaba el anillo perdido.

La madre lo miró con cara de circunstancias y le dijo:

– ¡Toma anda! No sé por qué, pero parece que tu abuelo ha decidido que te lo quedes.

10 responses to this post.

  1. Precioso, realmente precioso, ¡me ha encantado!
    Ana

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  2. La sombra de los abuelos es alargada.
    Buen relato.
    Un abrazo.

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    • Pues sí, que es alargada sí. Sobre todo cuando están rodeada de un aura de leyenda, como es el caso de mi abuelo, que de alarife llegó a alcalde de su pueblo y eso le costó a él y a mí, su primogénito, el no conocerlo.
      Un abrazo.

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  3. mmmm y como fue a parar el anillo dentro del higo? Vale, no me lo cuentes que mi imaginación ya se dispersa sola… va por libre. Un beso.

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  4. Me gustan tus historias, vaya que el anillo regreso en el higo, algunos valores (analogía pienso en tradiciones familiares o quizás recuerdos, anillo, fotografías,etc que guardan algun significado especial, cuando se pierden, con el tiempo ves el tesoro que envolvían) tienen un significado especial, Eres grande Miguel y me sorprenden tus finales, un abrazo con todo cariño

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  5. Por eso no hay que apurarse en la vida, lo que tiene que ser será que dice el refrán y ya ves, el anillo tenía que volver a él 😛
    Besazo

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    • Sí, pero te recuedo que tienes pendiente de contarnos la subida al cielo.:P
      Lo bueno de cuentear los recuerdos es que puedes hacerlos coincidir con tus deseos.
      Un besazo.

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