La alameda


Sentirse extraño y distinto desde la infancia lo inició por un camino que en muchos casos, si no es una senda del todo descarriada, acaba produciendo genios, poetas y escritores, gente más o menos rara.

Aguirre, el magnífico, Manuel Vicent

A este escritor, a veces, casi siempre, le gustaría merecer tal título de manera indubitable. Las dudas no son ajenas, que poco importaría; son propias y grandes. Si el escritor supiera,  y créanme que le gustaría saber, les haría ver la alameda que él está viendo y lo que en ella acontece, aunque hayan pasado más de cuarenta años, un soplo en el discurrir del mundo. Aun con las dudas, se atreve y lo intenta; ustedes sabrán disimular si no lo consigue.

La alameda está al borde de un río que juega al escondite con su nombre redundante. Guadiana: del árabe Guad y el prerromano Ana, ambos con el mismo significado de río. Baja desde una zona que llaman el polígono y va descendiendo de manera escalonada hasta casi besar la orilla. En algunos de sus troncos, altos y grises, hay dibujados, a punta de navaja, corazones y flechas. José Juan y Ana Mari; Manolo y Mari Carmen; Miguel Ángel y… El escritor no consigue leer que nombre le acompaña.

Entre los álamos, hay una zona que, a base de ser transitada, se ha convertido en camino. Por ahí bajan en tropel suficientes muchachos para formar un equipo de fútbol, incluso con algún suplente. Llegan a la orilla y se desnudan. Los más están sin bañador, así que se quedan en unos calzoncillos de tela basta, a media pierna, y con una abertura en el frente para facilitar la micción; vulgo, mear. Al salir del agua,  con los calzoncillos mojados, es como si estuvieran desnudos. En la parte donde se baña la chiquillería, el agua está tranquila, con una corriente suave y sin peligro, pero algo más adentro y hasta la otra orilla, la corriente es mucho más fuerte; no obstante, los más atrevidos cruzan el río a nado y se adentran en la orilla opuesta.

El escritor, algo pusilánime por aquel entonces, se queda en esta orilla, con dos compañeros más. Hace poco que nada con cierta soltura pero aun no se atreve a enfrentar la corriente; el espíritu aventurero no le ha inundado; ni siquiera le rozó levemente los pies. Se tumba al sol con la idea de que se le seque pronto el calzoncillo y poderse poner los pantalones. No se siente cómodo semidesnudo. Un chucho se acerca adonde están los muchachos. Estos empiezan a jugar con él; le lanzan un palo y el perro sale corriendo, lo coge y lo trae de regreso. Se nota que está acostumbrado al juego. En esto aparecen unas muchachas, cuatro, que preguntan si el perro les pertenece. El escritor, poniéndose los pantalones deprisa y azarado, les dice que sí, que el perro es de ellos, por si de la falsa propiedad se puede obtener alguna ventaja. Una de las muchachas viste un short rosa pálido que deja al descubierto unas largas, morenas y bien torneadas piernas, una blusa blanca sencilla, sin mangas, y unas chanclas rosas de goma. Tiene el pelo rubio y largo, casi hasta la cintura, unos ojos claros y grandes, como balcones abiertos, una risa fresca y contagiosa y parece que el escritor le ha caído bien, pues es al que se dirige para preguntarle:

– ¿Vosotros sois de Los Hogares?

– Sí. – contesta el escritor algo dubitativo. No es que se avergüence, pero no gozan de buena fama.

– Nosotras vivimos cerca, en el Altozano, frente a la Residencia.

– La madre de éste tiene una pensión allí.

– ¡Qué casualidad! Pues seguro que nos vemos entonces. ¿Cómo te llamas?

– Miguel Ángel ¿y tú?

Lo que son los vericuetos de la memoria; el escritor acaba de leer, bien claro, aunque la caligrafía no es buena, el nombre que faltaba en aquel corazón atravesado por una flecha:

Miguel Ángel y Rosalía.

16 responses to this post.

  1. En qué estaría pensando Rosalía aquel día, no sabía lo que hacía evidentemente, es la juventud, que nos invita a hacer locuras.

    Suerte para ti claro, que encontrar otra igual sería cosa harto improbable.

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  2. Posted by Yeste Lima on 23 septiembre, 2013 at 13:56

    Bonito relato y si es personal y verídico….ni te cuento.

    Me has hecho recordar unos tiempos parecidos, sólo que las niñas de entonces no tenían tanta suerte y no podían bañarse en bragas y si las dejaban ir era siempre con sus primos mayores.

    La foto es muy familiar aunque no sean conocidos.

    Besos apretaos.

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    • En la categoría de Recuentos, escribo sobre recuerdos pasados por el tamiz del cuento, así que como comprenderás, tienen una base real y un ligero vuelo de la imaginación. Cuánto de uno y cuánto de otro ¿qué más da?
      La foto sí pertenece a mi pasado colegial y aunque muy escondido, estoy en ella.
      Besos apretaitos.

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  3. El escritor no recuerda bien que, después de Miguel Ángel, venían Benito, Manuel, Luis y Felipe. Cuando le llegó el turno a la pobre Rosalía se había terminado el árbol.
    Buen relato.
    Un abrazo.

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  4. Jooooooooo!!!! que bonito! Como ahora nos digas que es tu santa ya si que tengo que cambiar alguno de mis chips!!!
    Me ha gustado mucho, todo menos lo de bañarse en un rio, que me da una grima…
    Besos posesos!

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    • Deja tus chips tranquilos, que no es mi santa. No es más que un fugaz enamoramiento juvenil.
      Los que nacimos tierra adentro, agradecíamos tener el río para bañarnos. Luego tuve todo un océano para poder hacerlo.
      Besos infernales.

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  5. Me encanta…Me gustaría saber si Rosalía y Miguel Ángel siguieron tatuando corazones o el tiempo fue diluyendo aquel dibujo…

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  6. Ohhhhhhhhhh!!!!!!!!!! Me ha entrado un escalofrío al final! no puedo evitar estos ataques de sentimentalismo.
    El escritor tiene el mérito de habérmelo provocado, es uno de los pocos que merece realmente esta etiqueta.
    Besos, Miguel ¿Angel?

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    • Mirando todo el día me tenías, para ver si llegaba tu comentario. Ya sabía yo que serías la única en interpretar correctamente la entrada.
      Si hago una entrada que empieza diciendo que dudo de si soy escritor, es para que mis lectores sobre la marcha me digan que claro que lo soy, el mejor del mundo mundial. Y eso sólo lo ha sabido ver mi Inma de mis entretelas.
      Sólo por eso te llevas hoy besos de tornillo de: Miguel Ángel Benito Manuel Luis Felipe, Juan, que se pone a tus pies y Güelmi Norime, que palidece sólo con verte, claro que no tiene mucho mérito estando muerto, como está..

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