Archive for the ‘Aportaciones de otros’ Category

Coplas de desamor (Poesía popular canaria)


Adiós, que te guarde el cielo

y que un ángel te acompañe

y que una estrella te guíe…

¡Vete al coño de tu madre!

.

Anda, boba consentida,

que te consientes del viento,

que yo no te quiero a ti

ni tengo tal pensamiento.

.

A mí me llaman el bobo

y yo, con mi bobería,

te estuve queriendo un año

para aborrecerte un día.

.

En el mundo vive el hombre

pa’ sentir y padecer:

que a Adán lo engañó una Eva

y a mí me engaña también.

.

Ni te quise, ni te quiero

ni hago memoria de ti,

ni de tu nombre me acuerdo

ni sé si te conocí.

.

Si me diste calabaza,

me la comí con vinagre;

pero los besos y abrazos

que te los quite tu madre.

.

Mi niña, dile a tu madre

que te meta en un nichito

y que te encienda dos velas

que ya no te necesito.

.

Dice tu madre, mi niña,

que no me quiere por pobre;

bien pobres que son las ratas

y el mejor queso se comen.

.

Recogidas por Francisco Tarajano en su libro “Canarias canta” Editado por la Universidad de Las Palmas de G.C., Ayuntamiento de Agüimes, Ayuntamiento de Ingenio, Ayuntamiento de Santa Lucía y Centro de la cultura popular canaria.

La cucharada estrecha (Julio Cortázar) reedición


Para Dessjuest, por prescindible

Un fama descubrió que la virtud era un microbio redondo y lleno de patas. Instantáneamente dio a beber una gran cucharada de virtud a su suegra. El resultado fue horrible: esta señora renunció a sus comentarios mordaces, fundó un club para la protección de alpinistas extraviados, y en menos de dos meses se condujo de manera tan ejemplar que los defectos de su hija, hasta entonces inadvertidos, pasaron a primer plano con gran sobresalto y estupefacción del fama. No le quedó más remedio que dar una cucharada de virtud a su mujer, la cual lo abandonó esa misma noche por encontrarlo grosero, insignificante, y en un todo diferente de los arquetipos morales que flotaban rutilando ante sus ojos.

El fama lo pensó largamente, y al final se tomó un frasco de virtud. Pero lo mismo sigue viviendo solo y triste. Cuando se cruza en la calle con su suegra o su mujer, ambos se saludan respetuosamente y desde lejos. No se atreven ni siquiera a hablarse, tanta es su respectiva perfección y el miedo que tienen  de contaminarse.

(Historias de cronopios y de famas)

De puro distraído (Mario Benedetti), reedición.


 

Nunca se consideró un exiliado político. Había abandonado su tierra por un extraño impulso que se fraguó en tres etapas. La primera, cuando lo abordaron sucesivamente cuatro mendigos en la Avenida. La segunda, cuando un ministro usó la palabra Paz en la televisión e inmediatamente comenzó a temblarle el párpado derecho. La tercera, cuando entró a la iglesia de su barrio y vio que un Cristo (no el más rezado y colmado de cirios sino otro alicaído, de una nave lateral) lloraba como un bendito.

Quizá pensó que si se quedaba en su país se iba a desesperar a corto plazo y él bien sabía que no estaba hecho para la desesperación sino para el vagabundeo, la independencia, el modestísimo disfrute. Le gustaba la gente pero no se encadenaba. Se entretenía con el paisaje pero al final se empalagaba de tanto verde y añoraba el hollín de las ciudades. Saboreaba las tensiones metropolitanas pero llegaba un día en que se sentía cercado por los imponentes bloques de cemento.

Así como había vagado por las calles y los caminos de su tierra, empezó a vagar por los países, las fronteras y los mares. Era terriblemente distraído. A menudo no sabía en qué ciudad se encontraba, pero no por eso se decidía a preguntar. Simplemente seguía caminando y, en todo caso, si se equivocaba, no le importaba salir del error. Si precisaba algo, ya fuera para comer o para dormir, disponía de cuatro idiomas para buscarlo y siempre había alguien que lo comprendía. En el peor de los casos, le quedaba el esperanto de los gestos.

Viajaba en ferrocarril o en autobús, pero normalmente lograba que lo recogieran en algún auto o camión. Inspiraba confianza. La gente le creía las cosas más absurdas, y no se equivocaba, porque todo en él era un poco absurdo. Por lo común andaba solo, y era lógico, ya que ningún hombre ni, menos aún, ninguna mujer, habría sido capaz de soportar tanta incuria y tanto desorden.

Cuando pasaba por una frontera, mostraba el pasaporte con un gesto displicente o mecánico, pero inmediatamente se olvidaba de qué frontera se trataba. Permanecía poco tiempo en el centro de las ciudades. Prefería los barrios marginales, donde se llevaba bien con los niños y los perros.

A veces surgía algún detalle que le servía de orientación. Pero no siempre. Una mañana se halló junto a un canal y creyó que estaba en Venecia, pero era Brujas. Confundir el Sena con el Rhin, y viceversa, le ocurrió por lo menos en tres ocasiones. No llevaba brújula sino que se orientaba por el sol, pero cuando le tocaban días tormentosos, de cielo oscuro, no tenía la menor idea de dónde quedaba el norte. Y eso tampoco lo afectaba, ya que no tenía preferencia por ninguno de los puntos cardinales.

Cierto mediodía se enteró de que caminaba por Helsinki porque vio una cabina telefónica que decía Puhelin. Era uno de sus escasos datos sobre Finlandia. Otro día sintió un alarmante tirón de hambre en el estómago y extrajo de su morral un poco de queso; cuando masticaba con fruición advirtió que se había recostado a una columna que le trajo el recuerdo de las de mármol pentélico que había visto en alguna foto del Partenón, y claro, a partir de esa asociación se dio cuenta de que efectivamente estaba en la Acrópolis. Sí, era terriblemente distraído. En otra ocasión nevaba y para protegerse del frío se metió en las galerías comerciales del moderno subsuelo de Les Halles. Cuando, un semestre después, emergió de otras galerías subterráneas en pleno centro de Estocolmo, se alegró sinceramente de que ya no nevara.

De vez en cuando iba a los aeropuertos, pero casi nunca viajaba en avión, entre otras cosas porque después de presentarse en el mostrador correspondiente y despachar su liviano equipaje, se iba a la terraza a ver cómo despegaban y aterrizaban las grandes aeronaves y no prestaba la menor atención a los altavoces, que repetían su nombre con insistencia.

En cierta ocasión, sin embargo, y vaya a saber por qué extraño mecanismo, permaneció junto a la puerta de embarque y subió confiadamente al avión con los demás pasajeros. Cuando llegó a destino y mostró su pasaporte, tan displicentemente como de costumbre, un funcionario de emigración lo miró con atención y le dijo: «Venga conmigo.» Él lo siguió mansamente por un corredor desierto. Cuando llegaron a una puerta con un letrero Prohibido el paso, el funcionario la abrió y lo conminó a entrar. Así lo hizo, desprevenido. Pensó acercarse a una mesa que había en el centro de la habitación, pero de improviso no vio nada. Alguien, desde atrás, le había colocado una capucha. Sólo entonces comprendió que, de puro distraído, se encontraba de nuevo en su patria.

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Divagación ante la Navidad (C. J. Cela)


Sirva este artículo, de don Camilo el del premio, como felicitación navideña a todos mis amigos lectores.

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“Si la navidad, sin albo sombrero aquí en el hemisferio norte, virase con el mundo cualquier mañana para presentársenos de pronto florida y primaveral, un temblor de desasosiego recorrería, tembloroso como un ciempiés con sus mil patitas dormidas, el espinazo de la humanidad.

Nadie se atrevería a emborrachar el pavo; a comprar las hermosas, lujuriosas ruedas de mazapán de Toledo, con la efigie del bigotudo fundador de la casa en dulce tricromía de oros y azules de cajas de puros; a beber el barato y ruidoso champán catalán de las baratas fiestas familiares, esas jolgoriosas reuniones de toda la familia y el novio de la niña –que prepara oposiciones a notarías o registros, las que antes salgan-, donde el único semblante nublado es el del patrón, que piensa en los treinta y un días de enero.

Sería la era atómica –o algo muy parecido- la navidad vestida de tul. Los modistos de señora correrían despavoridos al observatorio, y el sabio de turno, mesándose la luenga barba –como corresponde-, les susurraría tímidas confortadoras palabritas de consuelo y resignación, al oído. Los niños echarían su piel color de rosa del mes de abril y las señoritas casaderas, ya con los partes de boda encargados, se columpiarían en la guirnalda del suave ridículo como griegas de la antigüedad.

Daríamos lo que se nos pidiera –confiamos en que nunca se nos pediría demasiado- por poder usar en la navidad, alrededor del día de Inocentes, nuestro hermoso jipijapa blanco. Miraríamos a los turistas de un modo realmente comprensivo y nos reiríamos las tripas, en el depósito de cadáveres, contemplando los graciosos adolescentes muertos de insolación. Los niños pedirían helados de grosella –helados para el exclusivo uso de orquídeas y caracoles- a sus tíos carnales, y las niñas vocearían sin compás buscando a la viudita del conde del romance. Son las cosas que la guerra trae –dirían los sesudos varones- al alimón con la gripe y la disentería, las cosas malas que la guerra nos deja… Los mirlos silbarían a Bach –en lugar de silbar a Chopin y a Strawinsky, que sería lo correcto-, y los familiares canarios que pican terrones de azúcar entonarían, de todo corazón, piadosos himnos al compás de tres por cuatro.

Nadie, en su insensatez, podría calcular el mal de los refranes del campo al quebrar las leyes de la indumentaria.

Al navidad en viernes, siembra por do pudieres, respaldado por su primo hermano el navidad en domingo, vende los bueyes y échalos en trigo, se opondrían siempre las sinrazones de la piscina decembrina, de la vaporosa toilette navideña, del niño que suda en el Retiro, sintiéndose hondamente, despiadadamente desgraciado.

Calculamos el error óptico de la presbicia del mundo, cuando vemos al loco barbudo que se empeña en escribir cuentos breves sólo por ver su nombre en letra de molde. Es grave lo que sucede. Sólo la mera divagación, bordeando siempre la costa mansa de la indiferencia, puede con las sombras del que se queda –como un ciervo disecado-, rascándole el pie a la navidad del siempre fuera de tiempo.

Seamos caritativos y pensemos que la navidad llegue vestida de blanco como una novia. Los himnos de los poblados temblarían colgados de las acacias y el muérdago y el acebo de los árboles de navidad se sentirían más, todavía más verdes que en todos los años conocidos.

Recemos porque así sea.La navidad llega con el fin de año, y el tictac del reloj de cuco –el único reloj con vida- sopla las migas de turrón de Jijona que quedan sobre el mantel azul con flores blancas de las grandes solemnidades.

Es, quiza, lo mejor y más saludable. Algo así como el agua medicinal que, a cambio del mal olor, nos quita todos los granos y sarpullidos que hace años nos enviaron por correo, desde la Guinea continental.”

Recogido en Las compañías convenientes y otros fingimientos y cegueras, Barcelona: Destino, 1963

Refranes, dichos, dimes y diretes 3 (VVAA)


Sabed, vecinas,
que mujeres y gallinas
todas ponemos:
unas cuernos
y otras huevos.

Francisco de Quevedo

No por mucho tempranar, amanece más madrugo. Aportado por Gaviota con amor, en casa ajena (Dessjuest) y birlado graciosamente por mí.

“La paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces.” .- Aportado por Emy Tecuento en el mismo lugar que el anterior. Es que hay que pescar donde se pueda.

Una multa es un impuesto por hacer las cosas mal. Aportado por Analogías.

Vete tú a saber… por culo.- Léxico personal e intransferible de la familia de Analogías.

Un impuesto es una multa por hacer las cosas bien. Aportado por Subconsciencias. Sí, es la misma, pero es por darle variedad a la entrada. 😀

El que a hierro mata, no muere a sombrerazos. Dice la madre de Dolega.

Camarón que se alela, amanece en ensalada. Dicen en el pueblo de Dolega.

Vinieron los Sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. Aportación de la suegra de Dolega.

Cuando siembres, siembra trigo que chícharos (guisantes) hacen ruido. Del libro de Néstor Luján “Como piñones mondados”. Lo aporto simplemente porque se mete con los guisantes y eso a mí, que soy guisantofóbico desde mi más tierna infancia, me causa tanta alegría como que el Betis pierda.

Más judíos hizo cristianos el tocino y el jamón que la Santa Inquisición. De la misma fuente que el anterior.

Dijo el abad: «¡Ayunemos!». Y tenía media gallina en el cuerpo. Del mismo libro. Y es que la iglesia siempre ha sido más de predicar, que de dar trigo.

Vuela bajo el grajo porque el caballo regalado es poco mordedor y buena sombra le cobija. E. J. Castroviejo en casa de Dess, no sé si después de beberse tres botellas de pacharán o luego de una charla con Johan Cruiff.

Quien a buen árbol se arrima, patada en los cojones; A caballo regalado, patada en los cojones; A buen entendedor, patada en los cojones; A quien madruga, patada en los cojones… Y así hasta el infinito, parece decir El crítico abúlico en casa de Dess.

 Nunca es tarde, si la picha es buena. Este sí que es de Subconsciencias, que Ana no es de decir estas cosas. Sí, también fue en casa de Dess. Es que su genial entrada sobre refranes y frases hechas, que además me dedicó (¡toma ya! muérete de envidia), me ha servido por sí sola, casi, para montar esta entrada.

Tiran más dos tetas que… ¡patada en los cojones!. De clara inspiración “críticoabúlica”, aportada por Zum Schwarzwald en casa de Dess. ¡Cómo no!

Bueno, en esta ocasión he tomado prestadas aportaciones de blogueros que apenas conozco y supongo que tampoco me conocen a mí. No voy a pedir perdón, porque no me arrepiento lo más mínimo, pero sí les voy a dar las gracias por su involuntaria aportación, que pueden convertir en voluntaria haciendo nuevas aportaciones, ya sea directamente aquí o en otros blogs de los que visito. Pienso aprovechar todas y cada una de ellas, las pille donde las pille. He dicho.

 

Las flores del argelino (Marguerite Duras)


En memoria de todos y cada uno de los que han perdido la vida anónimamente tratando de llegar a un lugar de esperanza. Y en desagravio a todos los que lo consiguieron.

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Es domingo por la mañana, las diez, en el cruce de las calles Jacob y Bonaparte, en el barrio de Saint-Germain-des-Prés, hace diez días. Un joven que viene del mercado de Buci avanza hacia este cruce. Tiene veinte años, viste muy miserablemente, y empuja una carretilla llena de flores: es un joven argelino, que vende flores a escondidas, como vive. Avanza hacia el cruce Jacob-Bonaparte, menos vigilado que el mercado, y se detiene allí, aunque bastante inquieto.

Tiene razón. No hace aún diez minutos que está allí –no ha tenido tiempo de vender ni un solo ramo– cuando dos señores “de civil” se le acercan. Vienen de la calle Bonaparte. Van a la caza. Nariz al viento, husmeando el aire de este hermoso domingo soleado, prometedor de irregularidades, como otras especies, el perdigón, van directo hacia su presa.

¿Papeles?

No tiene papeles de autorización para entregarse al comercio de flores.

Así, pues, uno de los dos señores se acerca a la carretilla, desliza debajo su puño cerrado y -¡eh!, ¡qué fuerte es!- de un solo puñetazo vuelca todo el contenido. El cruce se inunda de las primeras flores de la primavera (argelina).

Ni Eisenstein, ni nadie están ahí, para captar la imagen de las flores por el suelo, que mira el joven argelino de veinte años, escoltado a uno y otro lado por los representantes del orden francés. Los primeros coches que transitan por allí, y esto no puede impedirse, evitan destrozar las flores, esquivándolas instintivamente mediante un rodeo.

Nadie en la calle, excepto, sí, una mujer, una sola: – ¡Bravo!, señores –exclama–. Ven ustedes, si se hiciera eso cada vez, nos libraríamos pronto de esta chusma. ¡Bravo!

Pero viene del mercado otra mujer, que iba tras ella. Mira, tanto las flores como al joven criminal que las vendía, y a la mujer jubilada, y a los dos señores. Y sin decir palabra, se inclina, recoge unas flores, se acerca al joven argelino, y le paga. Después de ella, llega otra mujer, recoge y paga. Después de ésta, llegan otras cuatro mujeres, se inclinan, recogen y pagan. Quince mujeres. Siempre en silencio. Aquellos señores patalean. Pero, ¿qué hacer? Esas flores están en venta y no se puede impedir que se quiera comprarlas.

Apenas han pasado diez minutos. No queda ni una sola flor por el suelo.

Después de esto, los citados señores pudieron llevarse al joven argelino al puesto de policía.

France-Observateur © 1957

Recogido en Outside, Marguerite Duras, Plaza & Janés, 1986

Refranes, dichos, dimes y diretes 2 (VVAA)


¿Son los Estados Unidos? Que se ponga el encargado.

Miguel Gila

Cuando el río suena, es que se le ha visto en otra parte. Explicaciones a Chema, de Bitácora de Macondo.

Ojo por ojo, ojo al cuadrado. Recopilada por el mismo individuo de antes.

Ojo por ojo, jejentaycuatro. Viejo chiste de gangosos que me ha venido a la memoria por la aportación anterior.

Hagas lo que hagas, ponte bragas. Nueva aportación de Dessjuest. ¿Había que aclararlo?

A la que no quiere bragas, las costuras le hacen llagas. La anterior me ha traído a la memoria ésta de mi madre.

Si me hubieran hecho objeto, sería objetivo. Pero me han hecho sujeto. Subjetiva aportación con objeto de hacernos pensar. Cosas de Analogías.

¿Porqué son los viejos un estorbo, si viejos son los caminos y todavía echan polvo? Filosófica reflexión del padre de Yeste Lima.

No sé que hacer, si buscar criada o ponerme a servir. Decía mi madre cuando se encontraba ante una disyuntiva.

No sé que hacer, si tirarme al metro o a la taquillera. Dudaba mi amigo Jose el madrileño en la misma situación.

Quien vio pajares, vio lugares. Aportación de mi amigo Julián Gómez.

Agua pasó por aquí, cate que no la vi. Recogido del libro “Historia secreta de Costaguana”, del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez.

Tienes más registros que la finca de Las Quemadillas. Me escribió una vez Don Jesús del Gran Humor.

Una mierda en un camino se debe de respetar, porque esa mierda representa a uno que quiso cagar y si no caga, revienta. Lección que nos daba mi tío cada vez que encontrábamos una mierda en la acera. Mi tío es buena gente, pero es del Betis.