Posts Tagged ‘Beijing’

El sobrino del emperador (reedición) y 3


Con esta entrada, cierro, por ahora, la serie “Momentos chinos”.

Junto a la Plaza de Tian’anmen y con la entrada presidida por un retrato de Mao Tse-tung, se encuentra el recinto de la Ciudad Prohibida. Tiene muchos e interesantes atractivos, tanto en lo material como en lo simbólico, pero no es esto lo que me ocupa en esta entrada.

Como casi todo en la China actual, está descaradamente enfocado al turismo y a obtener un gran rédito comercial a su milenaria historia. No seré yo quien se lo reproche, aunque un cierto desencanto si que me produjo esta constatación.

En el interior de esta Ciudad Prohibida, existe una zona comercial, no diré que extensísima, porque no soy amigo de los superlativos injustificados, pero tampoco diré que pequeña, para no caer en el vicio contrario. Digamos pues, que se trata de una zona comercial suficiente para el sitio que la cobija. En ella puedes comprar cualquier recuerdo que se te pueda pasar por la cabeza y si no me falla la memoria, que bien pudiera ocurrir por el tiempo transcurrido, no se podía regatear, cosa que sinceramente a mí, me retrajo de comprar, pues al no tener nunca la certeza de la autenticidad de lo que compras, eso de no poder regatear te hace sentir engañado. Ya, ya sé que con regateo incluido te pueden engañar y aún quizás mas fácilmente que sin él, pues los precios únicos pueden ser síntoma de seriedad y el regateo, todo lo contrario; pero cada uno tiene el curso de sus razonamientos como lo tiene y es muy probable que no pueda o no quiera evitarlo.

Pero me estoy desviando del propósito de esta entrada, que como bien indica el título, trata de hablar del sobrino del emperador. Sí, del último emperador, ése que fue dado a conocer por Bertolucci al mundo entero. Este sobrino de dicho emperador, estaba sentado en uno de los extremos del recinto comercial, detrás de una amplia mesa y con un porte de apariencia digna y señorial. Si mal no recuerdo, vestía a la usanza china y se dedicaba a escribir sobre lienzos mas o menos similares a pergaminos, esos difíciles y hermosísimos (justificado el superlativo, cuando están bien hechos) caracteres chinos. Parece ser que es un experto y afamado caligrafista, arte muy apreciado en la cultura china por razones obvias. Estaba prohibido dirigirle la palabra y por supuesto hacerle fotografías, salvo que ¡oh milagro!, tuvieras la buena idea de adquirir, por un precio que no soy capaz de juzgar si justo o no, pero que si recuerdo que a mí me pareció elevado, algunas de sus afamadas caligrafías. En ese caso, podías dirigirte a él, con el debido respeto, por supuesto, fotografiarte a su lado, e incluso tener el dudoso honor de estrechar su mano. Me lo perdí, y puedo asegurar que no lo lamento en absoluto, pero ya dejé dicho antes que los vericuetos de mis razonamientos tienen su propio cauce y es muy probable que sea esclavo de ellos.

Lo dicho, la actual China se ha empeñado en comerciar con su historia, sus mitos, e incluso con sus miserias. Puesto que de ellos son, que hagan de su capa un sayo si les place.

El Mercado de la Seda (reedición)


Para vivir, Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda

Seda, Alessandro Baricco

      Otro momento inolvidable de mi viaje a China, es la visita al Mercado de la Seda. Así es como llaman al edificio de tres plantas que a modo de Centro Comercial, existe en Pekín para la venta de imitaciones de marcas famosas. Imitaciones que en su gran mayoría, nada tienen que envidiar a las originales, de hecho, se dice que una parte de la mercancía que allí se vende es realmente original y proviene de las fábricas chinas de dichas marcas como consecuencia de un exceso de producción destinado a este mercado. Quizás no sea cierto, a lo mejor sí ¿qué mas da?

     Una de las características principales de este Mercado de la Seda es, que para que la compra que realices te resulte rentable, debes recurrir al regateo. Pero no a un regateo de “me pedía cuarenta y pagué veinte”, no. Para pagar un precio mas o menos razonable por un artículo, éste no te puede costar mas allá del diez por ciento de lo pedido inicialmente. Es decir, si por un polo de Lacoste, te piden inicialmente ochenta euros, pagar mas de ocho es hacer el primo, lo suyo sería pagar entre cuatro y ocho euros, cuanto mas cerca de los cuatro, mejor. De ponernos sobre aviso de estas peculiaridades del Mercado de la Seda, se encargaron lógicamente nuestros guías, tanto chinos como españoles.

     La tarde del último día de estancia en Pekín, nos la dejaron libre para que la dedicáramos a las compras, principalmente en este Mercado de la Seda. Se encontraba a cien metros escasos de nuestro hotel y allí nos dirigimos de nuevo Tere y Kiko, Ángela y yo, dispuestos a contar de nuevo con los servicios de intérprete de la buena de Tere. No hacían falta. El Mercado de la Seda es uno de los pocos sitios en China en que se habla español, o al menos se hacen entender en español y mucho me temo que en venusiano si se acercara algún venusiano de compras por allí. Entramos los cuatro, charlando entre nosotros, como es habitual, cuando de pronto se nos acercan dos chicas que no aparentaban mas de dieciocho años, mas bien algunos menos, diciendo algo de este tenor: “Españoles, aquí cosas buenas, baratas para tú, ven guapo, cosas baratas para tú”. Como es natural, al oír que nos hablaban mas o menos en cristiano, nos acercamos a su puesto para ver lo que tenían. Y lo que tenían era lo que tienen el ochenta por ciento de los puestos del edificio, pues aunque he dicho que es como un centro comercial, lo cierto es que la mercancía se muestra en puestos similares a los de los mercadillos españoles. De hecho, hasta hace poco era un mercadillo al aire libre que en sus inicios servía para el comercio de la seda, de ahí su nombre, que ha permanecido inalterable, aunque ahora la mercancía sea otra. Como decía, lo que nos ofrecían era ropa de marcas conocidas, Lacoste, Hugo Boss, Custo, etc., y aquí empezó una de las tardes mas divertidas y surrealistas que recuerdo.

     El primer intento de regateo comenzó mal, no podía ser de otra manera, por muy avisado que estés, y aún estando un poco acostumbrado, aunque desentrenado en estos negocios del rebaje de precio (esto era algo que se utilizaba bastante aquí en Canarias, en los comercios hindúes, aquí llamados bazares de indios, pero no de forma tan drástica), es lógico que al principio no te salga bien porque es tan desorbitado lo que te piden con respecto a lo que se supone que debes pagar, que no sabes como manejarte. Me acerqué a uno de los puestos y miré unos vaqueros negros que tenían muy buena pinta, eran de Hugo Boss, la chica me dice que por ser para mí, cien euros, yo le digo que ni de coña, que mas de diez no doy y claro, aquí ya me pillé los dedos, porque la ley del regateo dice que el que vende ha de bajar la demanda, pero el que compra también debe subir la oferta en cada puja, de manera que al final se encuentren mas o menos en el centro, con lo que cualquier precio a partir de ahí, ya estaría por encima de lo aconsejado. Yo había hecho mi última oferta a la primera. La joven hizo mil aspavientos, llamándome loco (en español), crazy (en inglés) y otras cosas que no entendí, pero que seguro que no decían nada favorable de mi salud mental. Luego me dijo, con su mejor sonrisa, algo así como que yo le había caído bien y, aunque no ganaba nada, me lo dejaba en ochenta, que viera que era original, no una falsificación y que ochenta era un buen precio, yo le dije que no, que mas de doce euros era tirar el dinero y además se veía a la legua que era mas falso que un político en elecciones. Nueva sarta de improperios en todos los idiomas, incluido el esperanto, pero bueno, la había cogido en un mal momento y me lo dejaba en sesenta, yo que quince, ella que cuarenta, yo que veinte y ahí fuimos a cerrar el trato, cuando se me ocurrió una forma de salvar la situación. Veinte euros era bastante mas que el diez por ciento aconsejado por nuestros guías, así que sin inmutarme, le dije que veinte euros era mi oferta por tres pantalones. Aquí la china me fue a fulminar con la mirada, cogió el pantalón me lo quitó con furia de las manos y muy ofendida se fue hacia el interior del puesto. Yo igual de ofendido me alejé, pero no mucho, me quedé un par de puestos mas allá y mirando de reojo hacia la chica, que no tardó mucho en venir hacía mí, cogerme del brazo y llevarme de nuevo hacia su puesto, Ven, ven, tú eres listo y sabes lo que vale, dame sesenta euros por los tres. Y de nuevo empezamos el regateo. Al cabo de un buen rato, muchos aspavientos por una y otra parte, muchos improperios, mas por parte de ella, a mí me cuesta mucho maltratar verbalmente a una chica guapa, reminiscencias machistas, qué se le va a hacer, como decía, al cabo de un buen rato, terminé comprando tres pantalones por veinticinco euros.

     Una vez visto que no hacía maldita falta el inglés, Ángela, Tere y Kiko, dejaron en mis manos el asunto del regateo y la situación descrita anteriormente, eso sí, cada vez mas perfeccionada por mi parte, se repitió a lo largo de las tres plantas del Mercado de la Seda y durante las cinco o seis horas que nos pasamos allí. Terminé literalmente tirado por los suelos, riendo y dando mas argumentos a las dependientas para sancionar mi locura, además de muy cansado física y mentalmente, pero me lo pasé de cine. Eso sí, no me queda ningún remordimiento de conciencia, cuando el precio por mí ofrecido era inferior a lo que ellos estaban dispuestos a cobrar, no había forma de conseguir que te vendieran nada. Así que todo lo que compré, fue mediante una transacción libremente aceptada por ambas partes. De hecho, necesitaba comprar una maleta para traer lo comprado y estuve a punto de no conseguirla por no ofrecer lo suficiente, la compré cuando ya estaban cerrando las puertas un poco mas cara de lo que había sido mi última oferta y un poco mas barata de lo que había pedido por ella el vendedor, creo que en esta ocasión ambos cedimos mas de lo que estábamos dispuesto desde un principio, pero para todo hay excepciones.

     Si van a Pekín alguna vez, no se dejen sin visitar el Mercado de la Seda, de verdad que vale la pena y no sólo por las compras.

Momentos chinos (a la búsqueda de un libro)


Hay muchos momentos, quizás todos, de mi viaje a China que no se me olvidarán nunca. O al menos tengo esa impresión. Como no recordar de por vida esa visita a la Gran Muralla, o esos enormes rascacielos de Shanghái, o esa Plaza de Tian’Anmen, o tantos y tantos otros lugares. Pero hay un momento en concreto, que creo que ni un posible Alzheimer conseguiría que olvidara. Siempre que le cuente a alguien mi viaje a China, le contaré esta anécdota.

     Estando en Pekín, se me ocurrió comprar algún libro en chino, pero no se trataba de tener un libro cualquiera escrito en ese idioma Tenía que ser algún libro conocido, a ser posible de un autor español y que yo tuviera en mi biblioteca. Con esta intención me dirigí con Ángela y dos compañeros de viaje: Tere y Kiko, una pareja encantadora de Los Realejos, Tenerife, a una zona comercial de Pekín, en busca de una librería que sirviera a mi propósito. Contaba con la ayuda idiomática de Tere, pues ésta se desenvolvía bastante bien en inglés y nos parecía que con ello sería suficiente, craso error.

     Nuestro guía: Gonzalo, un español que llevaba varios años viviendo en China, nos dirigió, de forma equivocada, a la Librería de Lenguas Extranjeras. Digo que de forma equivocada porque precisamente, allí se vendían libros en todos los idiomas, menos en chino. Luego de preguntar en la calle, en establecimientos etc., llegamos a una librería que constaba de seis plantas. La cueva de Alí Babá para cualquier bibliomaníaco chino. Tere se dirigió a la primera persona que vimos con pinta de dependiente del establecimiento, una chica de sonrisa luminosa, y le indicó en su, para mí, perfecto inglés, lo que pretendíamos. Esta chica, sin abandonar en ningún momento su sonrisa, puso cara de no entender absolutamente nada y nos hizo señas de que aguardásemos un momento. Al poco tiempo, llegó un señor igual de sonriente al que tuvimos que explicar de nuevo nuestros deseos. Luego de que Tere hiciera gala de todos sus conocimientos de inglés mezclados con chicharrero (de Tenerife), el sonriente chino nos indicó que nos dirigiésemos a otra planta distinta de la que estábamos, en la seguridad de aquí allí encontraríamos lo que andábamos buscando. Subimos a dicha planta y nos dirigimos a una hermana gemela, al menos eso nos pareció, de la primera sonriente chica, a la que de nuevo informamos de nuestras intenciones, por supuesto siempre a través del imprescindible inglés de nuestra buena amiga Tere. Nueva cara de no entender absolutamente nada y nueva visita de un sonriente señor, tal vez también hermano del anterior, al que de nuevo con palabras en inglés por parte de Tere, gestos en canarión por parte de Ángela y cara universal de pocos amigos de Kiko y mía pusimos en antecedentes de lo que queríamos. Después de un buen rato de tiras y aflojas, de nuevo nos indicó que no era esa la planta adecuada para nuestras pretensiones y nos dirigió a otra de las plantas, dónde otra vez se volvió a repetir todo el proceso. Recorrimos cada una de las plantas de forma totalmente aleatoria y un número indeterminado de veces.

     Tanto Ángela como Kiko y Tere, me dijeron cada una de las veces que tuvimos que cambiar de planta, que ya digo que fueron bastantes, que cogiera un libro cualquiera de los muchos que estaban en las estanterías y me dejara de gaitas. Eso sí, saliendo por piernas y sin pagar, para compensar un poco tantas penalidades. Pero a mí se me había metido entre ceja y ceja que tenía que ser un libro de las características que había indicado y que no podía ser que en una librería de seis plantas y con al menos cincuenta personas entre dependientes, encargados de planta, reponedores de estanterías y personal de limpieza, no hubiera alguien que consiguiera entendernos un poco y me ofreciera un libro como el que andaba buscando. Después de subir, bajar, volver a bajar, volver a subir, me es imposible recordar en que planta se produjo el milagro y cual de los clones sonrientes se presentó ante mí, pues a esas alturas de la película ya todo el edificio sabía que, aunque la que hablaba era Tere, era yo el sujeto maniático y caprichoso que buscaba la aguja del pajar. Bueno, como decía, uno de los sonrientes clones se presentó ante mí, con la mandíbula inferior totalmente descolgada de lo mucho que había ampliado su ya de por sí gran sonrisa y puso ante mis ojos, un ejemplar en chino de Don Quijote de la Mancha.

EL QUIJOTE EN CHINO

     La gigantesca sonrisa del chino estaba mas que justificada y creo que fue debidamente correspondida por mi parte con otra, que no creo que le desmereciese, ni en tamaño, ni en luminosidad. Dimos por bien empleada la tarde dedicada a este menester y por el módico precio de 3,50 € me hice con este para mí exótico ejemplar de nuestra mas importante obra literaria.

      Así fue como, sin premeditación ni alevosía, inicié mi colección de Quijotes en las distintas lenguas en las que ha sido publicado, así como otras versiones curiosas, y que gracias a mis amigos, poco a poco va creciendo.

LA INGENIA HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA (Esperanto) Epopeya de Don Quijote y Sancho El Quijote ilustrado por Gregorio Prieto Don Quijote en checo0001 DON QUIXOT DE LA MANXA (Catalán) Don Quixote da Mancha (Gallego) EL QUIJOTE (Chino) EL QUIJOTE DE AVELLANEDA EL QUIJOTE EN VERSO DON QUIJOTE DE LA MANCHA DON QUIJOTE DE LA MANCHA ILUSTRADO POR MINGOTE Don Quijote de la Mancha en comic Don Quijote (Noruego) Don Quichotte de la Manche 1 (Francés) DON CHISCIOTTE (Italiano) DOMINI QUIJOTI MANCHEGUI (Latín Macarronico) DOM QUIXOTE I (Portugués)

Cuento chino


granmuralla7Llegamos a la entrada de acceso a La Gran Muralla. Era principios de septiembre y hacía calor. Llevaba un camiseta roja, un pantalón tejano, unas zapatillas deportivas y me cubría la cabeza con una visera comprada en Shanghai. Sacamos las entradas para realizar la visita y nos dispusimos a seguir a “Chou” nuestro guía. Visitamos los distintos sitios de interés (tiendas, museos, etc.) y nos dieron libre hasta la hora de la comida para que cada cual recorriera la parte de la muralla que le apeteciera y como le apeteciera.

Mi mujer y yo, tenemos distintos ritmos para casi todo, menos para lo que importa. Así que decidimos escalar la Gran Muralla (porque de una escalada se trata en ese tramo), cada cual a su ritmo. Es decir, yo subí y ella me miraba desde abajo. Cuando llevaba un buen rato de escalada, una anciana, me atrevería a decir que centenaria por la profundidad de los surcos de su cara y por el tono apergaminado de su piel, se me acercó, me cogió las manos y me habló. Me habló en 客家語 / 客家语 es decir, lo hizo en el dialecto hakka. Pero lo realmente curioso, no es el dialecto chino que usara la anciana, nada raro puesto que era de Guangdong y allí se habla esta variante del chino. Lo verdaderamente curioso es que yo la entendí. Y gracias a ello, puedo contároslo:

– ¡Qué la paz y la armonia encuentren siempre cabida en tu corazón, oh gran heredero de Xuanzong!

– ¡Qué ellos no te abandonen nunca oh dulce descendiente de la Gran Emperatriz Wu!

Eso fue lo que me dijo y eso fue lo que le contesté. Cómo la entendí y cómo supe que era descendiente directa de la Emperatriz Wu, primera mujer que dirigió china e iniciadora de la dinastía Zhou, aun hoy no me lo explico. Aunque yo traduzco aquí por heredero y descendiente, la realidad es que ella me llamó quincuagésima tercera reencarnación del Gran Emperador Xuanzong. Y mi forma de dirigirme a ella fue como septuagésima quinta reencarnación de la impar Emperatriz Wu. Pero si ya me cuesta trabajo hacer creer a la gente que hablé con una china en su idioma y la entendí, imaginad como puedo hacer creer que soy la reencarnación de un emperador de la dinastía Zhou. A mí no me cabe ninguna duda, pero no me considero con la suficiente capacidad de persuasión como para que vosotros lo creais. Eppur e vero, parafraseando al gran Galileo, décimo tercera reencarnación de Pitágoras.Certificado Muralla china

Nuestro guía, el pequinés “Chou” (seguro que reencarnación de algún perro de la misma raza) dice que el diálogo que sostuve con la anciana fue el siguiente:

– ¡Por fin, a mis ciento tres años, he podido cumplir la obligación de todo ciudadano chino: visitar la Gran Muralla!

– ¡Chinchun fun de guanfan hanchi ten su! (Galimatías onomatopéyico totalmente ininteligible, según el incrédulo “Chou”).

Lo cierto es que “Chou” no era más que un burócrata puesto como intérprete por el aparato político chino. El único chino que conocía es el Mandarín de la gran burocracia oficialista china.

La Emperatriz Wu y yo, sabemos lo que realmente pasó.